Josefina, una zona que se apaga

Josefina, una zona que se apaga

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Desde hace cuatro años, las recurrentes inundaciones ahogaron la producción primaria. El tambo es el más perjudicado con una abrupta caída en la producción y en el rodeo lechero. Piden la finalización de las obras hídricas para volver a producir.

El distrito Josefina tiene unas 19.200 hectáreas, 350 kilómetros de caminos rurales y una historia cargada de campo, con la particularidad de ser establecimientos chicos. Hasta hace un tiempo atrás, supo ser la sede de una importante entidad que aglutinaba a los más de 70 tambos que producían en su zona rural: la Cooperativa del Oeste Santafesino, la que terminó disolviéndose fruto de una crisis que parece no tener fin. Hubo -incluso- una quesería que llegó a procesar 30.000 litros diarios de los tambos de la zona.

Pero aquellas épocas quedaron atrás, eclipsados por un mar de agua que, de manera recurrente, cubre los campos de toda la región desde hace unos 4 años, y donde la soja tiene poco y nada que ver.

El entramado urbano se completa con una particularidad: los barrios Acapulco y Veracruz, los que oficialmente forman parte de la comuna Josefina, aunque distan a 10 kilómetros de la misma. Curiosamente se encuentran conurbados con el aglomerado de San Francisco/Frontera y la gente en su gran mayoría se desempeña en labores urbanas del lado cordobés.

Por amor al tambo

Juan Carlos Calvo forma parte de la tercera generación de tamberos que explotan el campo en el lugar. Hoy, le describe a Campolitoral con un nudo en la garganta la difícil realidad que le toca vivir a él, a su familia, y a la empresa que día a día debe reinventarse para poder sobrevivir. “Mis padres y yo nos criamos en este tambo”, explica, detallando que se trata de unas 500 hectáreas en total, 100 de las cuales se destinaban a cosecha, mientras que el resto al tambo. Hoy ordeñan sólo unas 90 vacas, cuando normalmente llegaban a 150 animales, con lo que la producción (y la facturación) cayó a la mitad. “Desde hace tres o cuatro años que sufrimos la inundación, un poco por el clima y otro poco porque recibimos agua de San Francisco y de otros lugares”, explica, recordando que en ese mismo campo hacían un poco de cría y engorde de novillos, “algo que ahora tampoco podemos hacer porque no hay más maíz, no hay más rollos, y a las vaquillonas las tenemos que vender porque no se pueden alimentar”.

Juan Carlos ama las vacas, y se le nota. En la empresa familiar es el encargado del rodeo, mientras que su padre, su hermano y su cuñado son responsables por los otros aspectos del emprendimiento. “Me gustan los animales, ya sea de leche o de cría”, admite con orgullo, mientras las amenazantes nubes que nos acompañaron en todo el trayecto se transforman en las primeras gotas de lluvia.

En el tambo de los Calvo, los números no cierran por ningún lado. Sin embargo se resisten -no se resignan- a cerrar. “Estamos cobrando $ 4,20 a $ 4,25. No quedó ninguna alfalfa para alimentar a las vacas, sólo quedó un poco de sorgo forrajero y gramilla, más un poco de maíz en el tambo. Hicimos unas 40 hectáreas de silo y los pocos rollos que nos quedaron con algo de moha. De esas 100 hectáreas de maíz, 99 están bajo el agua”, dice. Y acepta con resignación que si viene más agua, el lote no se podrá cosechar.

“Entramos bastante mal al invierno. Queríamos sembrar un poco de avena pero con esta humedad no se puede sembrar. Alfalfa tampoco nos animamos porque si vuelve uno poco de agua se va a echar a perder, así que no sé que pasará este invierno. Si llegan a llover 70 milímetros estamos mal”, dice.

En las cunetas, los callejones, y algunos lotes, la napa está al nivel de piso, y eso complica las pasturas que se pudren.

Los Calvo supieron de aquel momento de expansión, y llegaron a manejar cuatro tambos de 1.300 litros cada uno, además de uno de los establecimientos en el que realizamos la entrevista, el que alcanzó los 2.000 litros. Pero la crisis los fue obligando a recular. “En 2015 cerramos uno, el año pasado otro, y nos quedamos con estos dos tambos. La idea es no cerrarlo porque es lo que nos gusta, vamos a mantenerlo todo lo que podamos, pero veremos que pasa con las lluvias”, se lamenta con la voz quebrada por la emoción. Además, el plantel de gente les “quedó grande”, pero se resisten a despedir a ninguno de los 4 empleados que colaboran con ellos en el día a día.

Calvo lo resume así: “todos se vinieron a menos. En animales, el distrito tenía más de 20.000 cabezas, que hoy no llegan a 1.500. El problema es el agua, pero hoy ya nos estamos acostumbrando. El estado anímico es fundamental, la economía mermó en todas las facetas de la empresa. Te venís a menos en todo sentido. Se siente bronca de lo que nos pasa”, dice. Y pide que revean el tema de los canales. “Cuando unieron el Canal (Bajo Ricci) con San Francisco nos arruinó un poco más, y además en la zona rural se hicieron otros canales que complicaron la cosa”, se lamenta.

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¿Cesación de pagos?

Mientras se intensifica un poco la lluvia de febrero, Campolitoral consulta a otra productora damnificada. Es la Perito Agropecuaria Jorgelina Sicardi, cuya familia tuvo que abandonar su campo y diversificarse, a la fuerza. Montaron un vivero en el pueblo para la producción y venta de plantines y flores. Pero ella reclama las obras que devuelvan la normalidad a la zona. “El canal Bajo Ricci no está terminado en su totalidad, y esto hace que el agua de San Francisco nos inunde, porque cada lluvia que cae hace que prendan las bombas y potencien el caudal que es 3 o 4 veces mayor al que sale. Esto causa una laguna de retardo a todos nuestros campos, desde la ruta 22 hasta un kilómetro al Este después del límite con Santa Clara”, explica con claridad.

Para Sicardi, en la zona hay un cierre masivo de tambos. “De los 7 u 8 que quedan 2 o 3 están por cerrar; están muy endeudados, muy acobardados, y es un trabajo que no es fácil, donde tienen que ir todos los días, y donde se reniega cada vez más”, resume.

Para Sicardi, el impacto se traslada al pueblo y las ciudades. “Yo noto que si bien todos los productores afectados se van empobreciendo cada vez más, el poco margen que se destinaba a cambiar el tractor o reinvertir en el campo hoy no existe más, hoy alcanza para comer, y gracias”, expresa con amargura. Esto se nota al hablar con la gente. Hay un desgaste de herramientas, de vehículos, un desgaste sicológico, y para un pueblo como Josefina, que vivía directamente del campo, esto es fatal. “Hoy el herrero no tiene más trabajo porque los tambos cerraron, los negocios venden cada vez menos, eso se refleja en todos lados y también se traslada a una ciudad grande como San Francisco, porque el engranaje del campo se frenó, uno lo puede ver, y si no lo quiere ver, ya lo vamos a ver en el impacto que generará en las ciudades y en toda la provincia”, advierte con tristeza.

“Hasta que no se baje el nivel de agua de la napa, otros pueblos como Castellanos, Roca, San Antonio, Vila, etc. tendrán cada vez más problemas, porque estamos casi 10 metros más abajo que San Francisco (que está a 6 kilómetros), y estos pueblos están todavía 10 metros abajo nuestro”.

Obras y barro

“Necesitamos obras”, dice Sergio Raviolo, de 50 años, quien hace agricultura en 600 hectáreas entre propias y alquiladas. Raviolo también tenía un tambo de 2.000 litros diarios, pero en marzo de 2014 lo tuvo que cerrar por la inundación, y desde entonces no pudo trabajarlo más por los problemas del agua. A nivel agrícola, el golpe también fue fatal: “en octubre de ese año no lo pude sembrar; en 2015 sembré sorgo y algo de soja y se volvió a inundar; este año sembré maíz y soja (que ya está perdida). El maíz está en pie, pero con 50 cm. de agua en el campo. Son tres años de invertir sin sacar nada”, se lamenta.

Según este productor, quien trabaja el mismo campo desde 1982, nunca tuvieron problemas de agua, y siempre diversificaron con hacienda, agricultura y tambo. “Las napas siempre estuvieron a 8 metros, y hoy las tenemos brotadas desde hace tres años. Esto hace inviable cualquier actividad, el año pasado el distrito estuvo 50 % bajo el agua, junto con una zona más amplia, desde Rafaela hasta San Francisco, una franja de 70 kilómetros que están igual. Se cerraron tambos, la gente invirtió en sembrar dos cosechas que no pudo levantar, hay muchos productores endeudados, que sacaron insumos, combustibles y agroquímicos con cheques a mayo y junio. A fines de mayo la realidad quedará expuesta, cuando no se puedan levantar esos cheques. El daño en la zona va a ser muy grave”, adelantó.

Como si esto fuera poco, el barro incrementó los costos: tractores que se rompen, las caminos están destrozados, los animales no producen. “El 60 % de la colonia está complicada, desde un pequeño porcentaje hasta la totalidad del campo. Los caminos destruidos tampoco permitirán entrar a cosechar”, se alarma.

Para Raviolo, las causas de la calamidad son dos: la lluvia y el agua que vino de otros lados. Respecto de lo primero, dice que están arriba de los 1.300 mm., cuando llovían 800 a 900. Respecto de lo segundo, el bombeo desde San Francisco fue “el gotón” que derramó los campos.

Claro como el agua. La que se ha enseñoreado del distrito, al punto que las napas le terminan jugando una mala pasada al móvil de Campolitoral, el que culpa de esa lluviecita de verano, tiene que ser remolcado con un tractor para poder volver a contar esta historia.

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El dato

Agua, barro e impotencia

  • Raviolo analiza en detalle el cuadro hídrico, explicando que el convenio que suscribieron las provincias implicaba que Santa Fe haría la extensión del Canal Vila Cululú hasta Córdoba, lo que no se terminó de concretar. “En 2015 la provincia decide extender el canal desde San Antonio hasta Córdoba por los bajos naturales. En una reunión con productores presentaron el proyecto y nosotros vimos que los tiempos de la provincia no eran los mismos que los nuestros”, explica. Por eso propusieron junto con otras comunas que la provincia haga la traza y los estudios y los autorizara a contratar máquinas privadas (cobrando un canon a cada productor). “Se llegó a un acuerdo, se contrató un equipo privado para trabajar rápido. Para que no nos salga tan caro se decidió respetar la profundidad y traza que hizo la provincia, pero achicando un 50 % del ancho del canal para llegar al bajo mas rápido. Pero la Provincia se comprometió a terminar el ancho previsto originalmente en 2015, lo que nunca se terminó”, grafica. Y coincide con Jorgelina al enfatizar que en los 6 kilómetros que separan San Francisco de Josefina hay mucha pendiente y después se hace una planicie y se estanca. “Lo que demora dos días en entrar, tarda 15 días en salir”, sostiene.

Acciones legales

  • Productores de Josefina, Colonia Cello y Santa Clara de Saguier se aprestan a iniciar acciones legales por lo que entienden es una inacción oficial en materia de obras. “Es vergonzoso que después de un año y medio hayan dado por terminado el alteo del Canal Interprovincial y hayan venido a controlar recién 15 días atrás, comprobando que hay partes que le faltan 60 centímetros de tierra. Además, corroboraron que la obra no está terminada al 100 % como sostiene Córdoba”, dice Jorgelina Sicardi.

El Litoral