El testimonio de Graciela Aimar, parte de la historia viva del Club El Tala, invita a recorrer algunas de las páginas más significativas de la institución, desde sus primeros años hasta la actualidad, con un fuerte acento en el sentido de pertenencia que caracteriza a la entidad de San Francisco.
Hija de Iginio Forte Aimar, uno de los primeros presidentes del club, Graciela recordó el rol que tuvo su padre en un momento clave: la inauguración de la sede social, en mayo de 1964. “A él le tocó la posibilidad hermosa, maravillosa de poder inaugurar la sede del club”, señaló, destacando además el espíritu de crecimiento que marcó aquellos años iniciales.
Según evocó, en aquel discurso inaugural ya se expresaba el deseo de que las futuras dirigencias continuaran fortaleciendo la institución. En ese contexto, remarcó el compromiso de quienes integraban las primeras comisiones: “Allí estaba mi papá con un grupo de gente que le dieron impulso y le dieron a este club maravilloso esa posibilidad de que sea un club querido, amado y respetado por muchos”.
Aimar también puso en valor una etapa que definió como “una época de oro”, marcada por las tradicionales kermeses y bailes que convocaban a gran cantidad de vecinos. “Las kermeses del Tala fueron inolvidables. Era la envidia de los otros clubes porque juntaba muchísima gente”, recordó. Estos eventos no solo dejaron recuerdos entrañables, sino que también permitieron reunir fondos fundamentales para el crecimiento del club.
Un legado que atraviesa generaciones
El vínculo familiar con la institución se extendió a lo largo del tiempo. Aimar comentó que dos de sus hermanas se casaron con jugadores destacados del club, como Roberto Pietrantonio y Félix “Nito” Raineri, a quienes describió con afecto y admiración. “Son esas cosas que te quedan en la familia que no te las podés olvidar”, expresó.
Más allá de los nombres propios, hizo hincapié en lo que considera el valor central de El Tala: el sentido de pertenencia. “La gente que viene a jugar al club lo siente como propio. Es un poco mi casa, el lugar donde me siento bien”, afirmó. Ese sentimiento, aseguró, se mantiene vigente en las nuevas generaciones: “Hoy una bisnieta de Iginio Aimar juega al vóley acá y lo siente”.
Finalmente, reflexionó sobre la emoción que le genera ver la actualidad de la institución y recordar su historia: “Verlo ahora, lo bello que está, es emocionante. Realmente un sueño haber vivido algo tan hermoso”.
El testimonio de Aimar reconstruye la memoria de una institución emblemática de la ciudad y refleja cómo, con el paso del tiempo, el club ha logrado consolidarse como un espacio de encuentro, identidad y pertenencia para toda la comunidad del «Albo», que está próxima a cumplir 80 años este 2026.
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