Un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Córdoba y el Conicet recorrió de norte a sur la Laguna Mar Chiquita para registrar salinidad y otros parámetros clave del agua. El monitoreo confirmó la influencia de los principales ríos que alimentan el humedal y aportó información estratégica para comprender el presente y el futuro de Ansenuza, uno de los ecosistemas más importantes de Sudamérica.
En una semana marcada por la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente, un equipo de científicos llevó a cabo una expedición para evaluar el funcionamiento de la Laguna Mar Chiquita. A bordo de una embarcación del Parque Nacional Ansenuza, investigadores del Grupo de Ecología y Conservación de Humedales Argentinos (EcoHar), perteneciente al Instituto de Diversidad y Ecología Animal (IDEA, UNC-Conicet), navegaron durante horas registrando salinidad, temperatura y otros indicadores ambientales.
El monitoreo confirmó la enorme influencia que ejercen los ríos Dulce, Suquía y Xanaes sobre la laguna y la manera en que modelan un delicado equilibrio del que depende gran parte de la biodiversidad regional. La campaña se desarrolló el pasado 6 de mayo y contó con el apoyo logístico de la Administración de Parques Nacionales.
Una laguna gigante y el legado científico
La Laguna Mar Chiquita y los bañados que la rodean constituyen el humedal salino más importante de Argentina y uno de los más extensos de Sudamérica. La relevancia del área quedó reflejada en 2022 con la creación del Parque Nacional Ansenuza, que junto con la Reserva Nacional Ansenuza y la Reserva Provincial de Uso Múltiple Bañados del Río Dulce y Laguna Mar Chiquita conforma un sistema de conservación que protege más de un millón de hectáreas.
Durante décadas, investigadores de distintas instituciones trabajaron en este ambiente único. Entre ellos se destacó el ecólogo Enrique Bucher, referente histórico en los estudios de Mar Chiquita desde la década de 1970. Ese legado continúa hoy a través de equipos interdisciplinarios. Luciana Torre, bióloga e investigadora del Conicet especializada en ecología de sistemas acuáticos y cambio climático, explicó que el grupo viene fortaleciendo su presencia en el territorio: «Nos enamoramos de Ansenuza. Cada nueva campaña reafirma la importancia de trabajar directamente en el lugar para comprender el verdadero pulso de la laguna».

Una «aspiradora» de carbono y la huella de los ríos
La campaña tuvo originalmente otro propósito: recolectar muestras de sedimentos para estudiar la capacidad de la laguna de capturar carbono. Para Torre, se trata de una función ambiental de enorme relevancia en tiempos de calentamiento global: «La laguna funciona como una gran aspiradora de dióxido de carbono».
Aprovechando la navegación, el equipo realizó mediciones fisicoquímicas en una extensa transecta de norte a sur. Los datos revelaron que la menor salinidad se concentró en los sectores cercanos a los ingresos de agua dulce. En el extremo norte, la influencia del Río Dulce se extendió mucho más de lo esperado, generando una amplia zona de aguas menos salinas. En cambio, hacia el centro de la laguna se registraron las mayores concentraciones de sal.
«No esperábamos que la influencia del Río Dulce fuera tan grande espacialmente. Eso nos dio una dimensión real de su enorme importancia para todo el sistema de la laguna», reconoció Torre. Los investigadores aclararon que este comportamiento es completamente natural y refleja la dinámica propia del sistema.
El agua habla: un equilibrio delicado
María Laura Ballesteros, investigadora del Conicet especializada en contaminación de ambientes acuáticos, sostuvo que estudiar el agua equivale a realizar un análisis clínico del ecosistema: «Estudiar el agua de la laguna es como hacerle un análisis de sangre al ecosistema».
Los equipos utilizados permitieron medir temperatura, salinidad, pH, oxígeno disuelto y turbidez. La investigación se desarrolló en un contexto atravesado por la variabilidad climática y por la creciente demanda de agua en toda la cuenca. Los científicos explicaron que el principal riesgo aparece durante los ciclos secos.
Ballesteros advirtió que un uso intensivo y descoordinado del agua puede afectar seriamente el funcionamiento del sistema: «El riesgo real es que se rompa el equilibrio ecológico de la laguna». La investigadora señaló que si disminuyen significativamente los aportes del Río Dulce, podrían alterarse los ciclos naturales de inundación de los bañados del norte, por lo que insistió en la necesidad de promover una gestión integrada de la cuenca.
Mirar al futuro
El trabajo de EcoHar continúa a través de la Estación Biológica Mar Chiquita, ubicada en Miramar de Ansenuza, donde el grupo desarrolla actividades educativas y de divulgación para acercar la ciencia a la comunidad, contando además con el acompañamiento fundamental de los guardaparques nacionales y provinciales.
Tras analizar los resultados preliminares, las investigadoras coincidieron en que el futuro de Ansenuza depende de sostener estos estudios. «No podemos cuidar lo que pasa en Ansenuza a ciegas. Más que preocupadas, nos sentimos ocupadas», resumieron.
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