Inés Carballo tiene 52 años y hace más de tres décadas trabaja en el Mercado de las Pulgas. Llegó desde Entre Ríos sin saber de antigüedades y hoy las productoras recurren a ella para conseguir desde un pequeño cuchillo hasta los muebles que ayudan a construir una escena.
Hay objetos que sobreviven a sus dueños. Una lámpara que alguna vez iluminó un comedor, una mesa alrededor de la cual se reunió una familia o un teléfono que dejó de sonar hace décadas. Muchos terminan en cajas, depósitos o mercados, hasta que alguien vuelve a encontrarlos. En el puesto 156 del Mercado de las Pulgas, esos objetos pueden tener una nueva oportunidad: convertirse en parte de una ficción.
Detrás de ese universo está Inés Carballo, de 52 años, quien hace más de 30 trabaja comprando y vendiendo objetos usados y antiguos. Su colección reúne miles de piezas y, según cuenta, es difícil pedirle algo que no pueda encontrar entre las cosas que la rodean.
“Vos me decís: ‘¿Tenés una réplica de un inodoro en miniatura?’. Lo tengo. ‘¿Una banqueta en miniatura?’. Lo tengo. ‘¿Un cuchillito de manteca?’. Lo tengo”, enumera con humor. Después resume su forma de trabajar con una frase: “Lo único que no tengo es vagancia”.
Su puesto se convirtió con el tiempo en un lugar al que recurren productoras de cine y televisión para encontrar muebles, valijas, lámparas, juguetes, vajilla y pequeños objetos capaces de recrear distintas épocas.
Entre las producciones que utilizaron piezas de su colección aparecen “Envidiosa” y “El Eternauta”, dos series argentinas que alcanzaron una importante repercusión internacional. También sus objetos fueron utilizados en programas de El Gourmet, incluidos ciclos en los que participaron Donato de Santis y Narda Lepes. Además, algunas de sus piezas fueron seleccionadas para proyectos que todavía no llegaron a la pantalla, entre ellos una producción protagonizada por el Chino Darín.
El mecanismo comienza cuando una productora llega con una necesidad concreta. Puede tratarse de un mueble para reconstruir una época o de un objeto pequeño que apenas aparece unos segundos en pantalla. Para Inés, sin embargo, cada elemento de una escena tiene una razón de ser.
“Tengo lo que se te ocurra”, explica. Esa variedad no surgió de un día para otro: es el resultado de más de tres décadas de trabajo, búsqueda y aprendizaje.
Mucho antes de convertirse en especialista en antigüedades, Inés creció en el campo, en Entre Ríos, dentro de una familia de seis hermanos. En su casa funcionaban un almacén y un bar de ramos generales, y recuerda que las paredes estaban llenas de objetos.
“Siempre mis recuerdos son de paredes hasta el techo de cosas, más o menos lo que ves acá. Eso es como que lo arrastré de mi infancia”, cuenta.
También aprendió desde chica que las cosas podían tener un valor más allá de su uso. Cuando quería determinados zapatos, su madre le decía que debía ganárselos. Junto con sus hermanas juntaban huesos de animales, vidrio, lana y plumas para venderlos.
“El zapato que ustedes quieran, pero se lo tienen que ganar”, recuerda que les decía su mamá.
Sin saberlo, aquella experiencia sería una primera aproximación a una lógica que después marcaría su vida: encontrar algo, reconocer que podía tener valor y buscar a quién venderlo.
Su llegada a Buenos Aires ocurrió cuando tenía apenas 15 años. Viajó junto a su novio para acompañar a un amigo que había sufrido una descarga de alta tensión y debía ser trasladado al Hospital de Quemados. Una vez en la ciudad, quedó sorprendida por el movimiento y decidió que quería quedarse.
“Dije: ‘Guau, me gusta, no quiero volver’”, recuerda.
La decisión provocó un fuerte conflicto familiar. Como era menor de edad, su padre tuvo que hacerse cargo de los trámites correspondientes y, según relata, permanecieron entre cinco y seis años sin hablarse.
Buenos Aires representaba para ella un mundo completamente diferente. El movimiento del microcentro, los patrulleros y la cantidad de personas contrastaban con la vida tranquila que había conocido en Entre Ríos.

El Mercado de las Pulgas, una escuela
El Mercado de las Pulgas apareció poco después de su llegada a Buenos Aires, cuando buscaba una manera de ganarse la vida. El espacio de Dorrego y Álvarez Thomas era entonces muy diferente al actual y reunía vendedores de distintos rubros.
Inés consiguió un pequeño lugar y comenzó a construir su puesto prácticamente desde cero. Compró cemento y arena con el primer sueldo de su novio y con dinero que había obtenido vendiendo algunas pertenencias.
No sabía construir una pared y colocó los ladrillos como pudo. Tampoco tenía demasiada mercadería. La oportunidad apareció cuando un conocido le permitió revisar un galpón lleno de cosas que iban a ser descartadas.
Allí encontró tapados, zapatos y objetos antiguos. Entre ellos había monedas de plata que inicialmente consideró simplemente monedas viejas. Un comerciante especializado en numismática le explicó que tenían otro valor.
Otro descubrimiento llegó a través de un cuadro. La imagen le recordó a unos retratos que había visto sobre el ropero de la casa donde creció.
“Fue como el primer shock: yo ya convivía con una antigüedad y no lo sabía”, cuenta.
A partir de entonces comenzó un largo proceso de aprendizaje. Poco a poco aprendió a reconocer materiales, épocas, técnicas y características de las piezas.
En una oportunidad, vio que el Teatro Regio había descartado escritorios y sillones de roble. Con una carretilla fue a buscarlos, los recuperó, los lijó y los lustró. Aquellos muebles ayudaron a transformar un puesto que hasta entonces tenía objetos pequeños.
Para Inés, ese momento significó mucho más que conseguir mercadería. Fue el comienzo de una nueva etapa.
“Acá nací, digamos, de nuevo. Es un renacer”, expresa.
Con el paso de los años, el puesto se llenó de muebles, lámparas, juguetes, libros, vajilla y piezas difíciles de clasificar. También construyó vínculos personales y familiares en ese ambiente. Entre ellos estuvo Osvaldo, carpintero y restaurador, con quien compartió 20 años y tuvo a su hijo Matías.
Por eso, no todos los objetos tienen para ella un valor comercial. Algunas piezas pertenecieron a sus hijos, otras están relacionadas con personas importantes de su vida y hay elementos que se niega a vender por su valor afectivo.
“Cada cosa tiene su dueño”, sostiene.
Detrás de una lámpara, un juguete, una mesa o una vajilla, Inés entiende que existe una historia: una familia, una casa y una vida. Su trabajo consiste, en parte, en rescatar esas historias y permitir que los objetos continúen formando parte de otras.
Más de tres décadas después de aquel comienzo, la mujer que llegó desde Entre Ríos continúa rodeada de cosas hasta el techo, como en la casa de su infancia. La diferencia es que ahora sabe reconocer las historias que guardan y también sabe que, en el mundo del cine y la televisión, un objeto aparentemente insignificante puede convertirse en una pieza fundamental para contar una historia.
El propio Mercado de las Pulgas también atraviesa una etapa de transformación. Junto al predio, sobre un antiguo playón de estacionamiento en desuso, la Ciudad construye una plaza de 2101 metros cuadrados, con 50 árboles, iluminación LED, pérgolas, veredas más amplias y senderos accesibles.
La intervención también busca conectar el mercado con las plazas Mafalda y Clemente y generar un nuevo corredor verde en la zona. Los trabajos incluyen modificaciones en la calle Enrique Martínez, ampliación de veredas y la instalación de grandes pérgolas. Según el cronograma oficial, la obra estará terminada en octubre.
Inés observa esos cambios como una nueva transformación del lugar que acompañó buena parte de su vida.
“Al proyecto de la plaza yo lo veo como una evolución”, dice, y destaca que la renovación podría atraer a más familias y generar un espacio más cómodo para quienes visiten el mercado.
“Vamos a tener otro público porque al tener más lugar y más comodidad para los chicos, la gente va a venir, los chicos van a poder estar en la plaza y nosotros acá atendiendo a la gente, así que va a estar bueno”, concluye.





