De empezar en los 90 a recibirse junto a sus hijos: la historia de Cristian Viola

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Arrancó a cursar Ingeniería Electrónica en 1995 y atravesó tres décadas de trabajo, familia y cambios en el país. En una emotiva noche de julio, Cristian Viola rindió su última materia y se recibió en la facultad de su vida.

Hay historias de superación que merecen ser contadas con nombre y apellido porque resumen el verdadero valor del esfuerzo constante. Ese es el caso de Cristian Viola, quien acaba de cerrar un capítulo inolvidable en su vida al obtener finalmente su título de grado en la Facultad Regional.

Comenzó a estudiar Ingeniería Electrónica en 1995. Desde aquel primer día transcurrieron más de treinta años en los que la vida se desplegó con toda su intensidad: un casamiento, el crecimiento en el ámbito laboral, el impacto inolvidable de la crisis de 2001, y la crianza de dos hijos que con el tiempo no solo crecieron, sino que también eligieron la UTN para formarse.

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Pese a las responsabilidades cotidianas, el trabajo y el rol familiar, el amor por la universidad y el deseo de superación permanecieron intactos. Esa constancia dio sus frutos en una emotiva noche de julio de este año, cuando Cristian rindió y aprobó la última materia para alcanzar el tan ansiado título.

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Tras culminar el examen, abrazado por su esposa, sus hijos, su familia y sus amigos, el flamante graduado no ocultó la emoción al definir lo que significa la institución en su historia personal:

«UTN es amor. Es futuro. Es todo. No me imagino mi vida sin haber pasado por acá», aseguró Cristian a minutos de recibirse.

Asimismo, al reflexionar sobre el impacto transformador del estudio y la importancia de las aulas públicas en la sociedad, dejó un mensaje profundo sobre el rol de la formación universitaria:

«El bienestar de un país depende de tu educación, tu posibilidad de discernir, de hablar, de relacionarte con gente. Y eso es lo que te brinda la universidad”, remarcó.

Una lección de vida y perseverancia que deja una huella imborrable en los pasillos de nuestra facultad y demuestra que, cuando hay convicción y amor por lo que se hace, nunca es tarde para alcanzar la meta.

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