Los payamédicos y la magia de transformar dolor en sonrisas

Silvina rojas y antonio agllos

Cada 5 de noviembre se celebra el Día del Payamédico, una jornada que pone en valor el trabajo de quienes, con humor, juego y empatía, acompañan a personas que atraviesan enfermedades o momentos difíciles.

En San Francisco, dos referentes del grupo local, Silvia Rojas y Antonio “Cacho” Gallo, compartieron su experiencia y la esencia de una tarea que combina arte, compromiso y sensibilidad.

“Ser payamédico es llevar alegría, sonrisa, juego y humor a todas aquellas personas que están pasando una situación de enfermedad”, explicó Silvia Rojas. Contó que la satisfacción llega con la respuesta de quienes los reciben: “Salimos muy satisfechos porque vemos lo que se genera en cada intervención, tanto en el hospital como en el hogar de ancianos”.

El movimiento Payamédico nació en Argentina inspirado en la figura del doctor estadounidense Patch Adams y en la labor del médico argentino José Pellucchi, su fundador. El 5 de noviembre se conmemora el nacimiento del payaso español Emilio “Miliki” Aragón, símbolo de la risa como medicina universal.

En San Francisco, el grupo lleva nueve años de trabajo. Antonio Gallo, conocido en su personaje como doctor Coqui, recordó sus comienzos: “Me incorporé de casualidad, fui por curiosidad al curso. Yo ya venía del trabajo solidario en el hospital, y encontré en esto algo que me completó. Cada vez que salgo de una intervención siento una gran felicidad, porque das algo que el otro recibe y te devuelve con una sonrisa o un abrazo. Eso no tiene precio”.

La formación de un payamédico requiere un curso integral. “Hay una etapa teatral, donde se aprende la técnica del payaso, otra de payamedicina para conocer la bioseguridad hospitalaria, y finalmente la práctica en los centros de salud”, detalló Rojas. “La experiencia real se adquiere en el contacto diario, enfrentando distintos desafíos y realidades”.

Antes de ingresar a un hospital, los payamédicos realizan un payapase: una charla con el personal de salud para conocer el estado de los pacientes y adaptar el lenguaje y el enfoque a cada caso.

“En pediatría todo es juego, pero con adultos hay que tener cuidado. Hay palabras que pueden remitir a su enfermedad y eso queremos evitar”, señaló Silvia.

El grupo también actúa en hogares de ancianos y en escuelas. Gallo relató: “En los colegios, incluso con adolescentes, la atención que nos prestan es increíble. En los hogares, los abuelos nos esperan. Ya me conocen como el doctor Coqui. Cuando llego, me saludan así, aunque esté vestido de civil. Cuando me pongo la nariz, ellos se olvidan de Antonio. Y eso te llena de satisfacción”.

Ambos reconocen que no siempre es fácil sostener la alegría. “A veces llegás con tus propios problemas”, confesó Rojas. “Pero cuando te ponés la nariz mágica, todo cambia. Ves otras realidades y entendés que lo tuyo no es nada comparado con lo que enfrentan otros”. Gallo coincidió: “Sobre todo cuando se trata de niños, te conmueve. Y aunque hay reglas de bioseguridad, a veces necesito abrazar a un enfermo. Yo abrazo al enfermo, no a la enfermedad”.

Actualmente, los payamédicos de San Francisco intervienen cada quince días en el hospital y los viernes por la tarde en el hogar de ancianos y en escuelas. Además, este año trabajaron junto al Colegio de Odontólogos en una campaña de educación bucal.

El vestuario, otro símbolo de identidad, también se diseña cuidadosamente. “Cada uno crea su traje con una paleta cromática aprobada por la formadora. Desde los accesorios hasta los zapatos, todo tiene un sentido dentro del personaje”, explicó Silvia.

Antes de despedirse, ambos dejaron un mensaje de celebración: “A todos los compañeros camaranjas, los que están y los que no, feliz día —dijo Rojas—. Sigamos dejando sonrisas donde más se necesitan”.

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