Nicolás Albertinazzi: “Ser acompañante terapéutico es servir con el corazón”

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Nicolás Albertinazzi es peluquero, artista y acompañante terapéutico. Nació y creció en San Francisco, en una familia muy conocida en el ambiente del deporte: su padre, Ricardo “Rabito” Albertinazzi, fue una figura recordada del motocross y de las carreras de cam. “No tuve la dicha de verlo correr porque nací mucho después, pero siempre me cruzo con gente que lo conoció en su época de gloria. Eso me llena de orgullo”, cuenta.

Con los años, Nicolás siguió su propio camino. Trabajó como bicicletero, cajero, percusionista y, desde hace ocho años, se dedica también a la peluquería, oficio en el que creció junto a su padrino. Sin embargo, su vida dio un giro cuando descubrió su vocación por el acompañamiento terapéutico.

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“Todo empezó en la iglesia, con mi esposa. Participábamos de actividades en la Casa del Niño y ahí nació el amor por servir y ayudar a los demás”, recuerda. “Me capacité, estudié con profesores como Marcos Bienedell, Mariana Enrique y Jimena Chicco, que me guiaron muchísimo en el proceso. Y así comencé a trabajar acompañando a personas que lo necesitan”.

Albertinazzi cuenta que la tarea lo llevó a vivir experiencias únicas. “El acompañamiento terapéutico te abre muchas puertas. Con Santi y Jorge, dos personas con las que trabajo, viajamos a Córdoba para el torneo provincial de bochas adaptadas. Estuvimos en el estadio Kempes y fue hermoso ver cómo Santi se desenvolvió y disfrutó. Esas cosas te llenan el alma”.

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A la vez, advierte que el sector atraviesa dificultades. “Hoy los acompañantes terapéuticos estamos luchando por nuestros derechos. Se está trabajando para que los honorarios se paguen en tiempo y forma, que se reconozca la tarea y que los sueldos estén a la altura de la responsabilidad que tenemos. Es importante que la gente sepa lo que hacemos y se sume a apoyar el trabajo en el área de discapacidad”.

Fuera de su rol profesional, Nicolás también cultiva su costado artístico. “Siempre fui el payaso de la familia”, dice entre risas. Junto a su esposa y un grupo de jóvenes de la iglesia armaron un pequeño circo con fines solidarios. “Yo era el payaso Crotín, porque estaba medio araposo. Hacíamos obras y actividades en merenderos de Frontera y distintos barrios. Fue una etapa hermosa”.

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Además, pinta, dibuja y escribe. “Con mi esposa estamos preparando varios libros. Yo tengo las ideas y ella me ayuda con la ortografía. También ilustré un cuento que se fue para Buenos Aires. Ahora estoy trabajando en una novela un poco más compleja, pero el primer librito ya está casi listo”, adelanta.

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Hoy, Nicolás combina su trabajo como peluquero con la tarea de acompañante terapéutico y el servicio en la iglesia, donde junto a su esposa participa en distintas actividades solidarias.

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