San Martín y nosotros

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Entrevistado el Profesor Carlos A. Montiel en relación a la magna recordación del día de la fecha nos dijo:

Un 17 de agosto, pero de 1850, a la hora quince, en la ciudad francesa de Boulogne Sur Mer ingresó a la inmortalidad el bravo correntino José Francisco de San Martín.

Al morir era “Generalísimo de la República del Perú y Fundador de su libertad, Capitán General de Chile y Brigadier General de la Confederación Argentina”.

Dejó a los argentinos y a la humanidad una herencia valiosa, que con el transcurrir del tiempo se tornó insoslayable. Es un ejemplo elocuente de quien, con una modestia extrema, fue capaz de resignar toda ambición personal en pos del objetivo supremo de la libertad.

De esa trayectoria admirable tomo algunos momentos.

Cuando otros niños jugaban él ya estaba guerreando en España, contra moros, ingleses, franceses, portugueses, en la tierra y el mar, sufriendo privaciones y enfermedades. En Arjonilla, otro heroico Cabral hispánico lo salvó de ser muerto. Se llamaba Juan de Dios y ello se asemeja a una verdadera profecía.

Otra muestra. Producido el desastre de Cancha Rayada, capturó toda la correspondencia de los chilenos traidores, que tras la derrota habían cambiado rápidamente de bando. La leyó y destruyó toda la evidencia.

Sigo. Cuando Buenos Aires y alrededores se engalanaban para recibirlo después de vencer en Maipú, arribó de incógnito, a la madrugada, desechando todo halago.

Antes de su ciclópeo periplo repuso su salud en Saldan, muy cerca de las vertientes de agua mineral cuyo descubrimiento se atribuye al pionero suizo Oreste Lanfranchi, integrante de una familia muy vinculada a nuestra ciudad. En la película “El general y la fiebre” se lo observa en ese escenario, preso de mil cavilaciones, una rareza en tiempos que el bronce no podía admitir tibieza.

No es frecuente puntualizar que cruzó la cordillera de los Andes no una sino ocho veces, poniendo en riesgo su vida y más de una vez se rezó por su salud en muchos templos porque se sabía de sus achaques.

En 1829, en ocasión de su frustrado intento de regreso a la Patria, se dirigió epistolarmente a Juan Lavalle, jefe de uno de los bandos en pugna, y le aseguró que una sola víctima que pudiera economizar a su país le serviría de consuelo inalterable.

Su antiguo cadete de Granaderos a Caballo no lo escuchó y continuaron en el país las endémicas luchas civiles. Después, lo veríamos a éste transitar por nuestra zona al ser vencido en Quebracho Herrado por Manuel Oribe y Angel Pacheco, otro de los primeros hombres de pelea del ilustre cherubichá.

Paso ahora al soberbio monumento al prócer que se emplaza en el Centro Cívico que siempre nos convoca, como faro y guía de nuestros mejores anhelos.

Su atisbo fue en 1950 cuando se desplazaron los céntricos rieles y quedó un inmenso campo baldío. Los legisladores departamentales Ignacio Ugarte y Manuel Serra lograron que la Asamblea Legislativa de Córdoba, que presidían Atilio Antinucci y Manuel López Carusillo, autorizara al municipio de San Francisco a levantar en el lugar un monumento al Libertador.

La materialización recién se produjo el 26 de agosto de 1962, merced al aporte generoso de más de 250 particulares e instituciones de la ciudad, que reunieron dos tercios de su costo. El resto corrió por cuenta de la provincia y el municipio. Hasta Boca Juniors se adhirió a la convocatoria y su presidente, el “puma” Alberto Jacinto Armando, muy ligado a San Francisco en su mocedad, envió sin costo a su plantel futbolístico para adherir al emprendimiento, filantropía que se extendió a otros entes de bien público.

Es justicia ponderar el accionar mancomunado de la Asociación Sanmartiniana local presidida por el historiador Joaquín Gregorio Martínez y de la intendencia, a cargo del comisionado Guillermo Peretti.

Así se plasmó la continuidad del esfuerzo solidario de la comunidad de San Francisco, situación que se advierte en la correspondencia a la que accedí, donde se recordaba que Córdoba hasta entonces se llevaba mucho y poco devolvía y puntualizaba que por tres décadas y hasta su provincialización el vecindario sostuvo al Hospital Iturraspe, hizo realidad la construcción de la Casa del Niño, el Hogar de Ancianos y logró concretar el Monumento al Dr. Enrique Julio Carrá, nuestro héroe lugareño.

En el contra frente de la magna obra, propia de “Fuenteovejuna”, todos a una, consta la frase atribuida al poeta Jorge Manrique e inserta en el escudo de los Zorrilla de San Martín: “Velar se debe la vida, de tal suerte que viva quede en la muerte”, que parece hecha a medida del Libertador.

Vuelvo al magisterio de los hechos. No hay demasiadas situaciones en la historia donde un jefe de miles de hombres, antes de poner su espada al servicio de subalternos intereses, resigne el mando de sus tropas, más el poder político y acto seguido se imponga un ostracismo y olvido, en otro continente y por más de un cuarto de siglo.

Por eso y mucho más es, sin exageraciones, sinónimo de honor y templanza. Tamaña figura ha superado el intento de los mediocres de manipularlo, durante su vida y después de muerto.

Un botón de muestra. Durante años hubo duros enfrentamientos entre historiadores acerca de la superioridad de Bolívar sobre San Martín y viceversa. Seguramente ambos se reirían. En la habitación póstuma y muy austera de San Martín había… un retrato de Bolívar. La mejor ofrenda, íntima, sagrada, que seguramente admitiría, es llevarlo como lámpara votiva en nuestros corazones.

El santo y seña debe ser volver a San Martín, quizás reflexionar sobre las “Máximas” donde habla de humanizar el carácter de su hija y hacerlo sensible aún con los insectos , inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira, gran confianza y amistad pero unida al respeto, estimulando en Mercedes la caridad con los pobres y el respeto por la propiedad ajena, que se acostumbre a guardar un secreto y tuviera sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones, recalca la dulzura con los criados, pobres y viejos, que hable poco y lo preciso y se acostumbre a estar formal en la mesa, evidenciando amor al aseo y desprecio por el lujo.

Finalmente el atributo mayor, amor por la patria y la libertad. La pérdida de estos valores en nuestros tiempos solo ha traído aflicción.

Sobre su figura se ha dicho:

Belisario Roldán, orador de excepción, que también conoció esta región al casarse con una hija del alemán Abraham Julio Brinkmann lo invocó como “Padre Nuestro que estás en el bronce”, afirmación que aún conmueve.

No tan poético el admirado médico René Favaloro, que amaba las acciones del héroe, sostuvo en relación a su Argentina amada, y en 1980: “Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre la clase dirigente. Si resurgiera San Martín caparía a lo paisano varias generaciones de mandantes”.

Jorge Luis Borges, vate ciego pero siempre clarividente, expresó a su vez: “Nadie es la Patria…todos lo somos…arda en mi pecho y en el vuestro ese límpido fuego, misterioso.”

Que así sea.

https://www.youtube.com/watch?v=qiZqLbIbb4Q

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