Salvaje San Francisco es un proyecto familiar que nació en Plaza San Francisco, Córdoba, a partir de una forma de vida elegida y sostenida con esfuerzo.
María Antonella Rolando y Federico Perret, ambos docentes, decidieron trasladar su modo de habitar y producir al terreno de lo colectivo: mostrar que es posible alimentarse y vivir de manera consciente, orgánica y regenerativa.
La huerta, la producción agroecológica, la elaboración de alimentos, el compostaje y el trabajo con lombrices se volvieron parte de su cotidianeidad. “Uno lo puede llamar un trabajo, pero para nosotros ya forma parte de la vida diaria: es parte del alimento, de hacernos de comer, de nuestro tiempo”, cuenta Antonella. La propuesta tomó fuerza tras la pandemia, cuando lograron ordenar tiempos y rutinas, y percibieron que su experiencia podía ofrecerse como alternativa replicable.

A partir de entonces, comenzaron a diseñar talleres, charlas y capacitaciones que se adaptan a diferentes niveles educativos o comunitarios. La experiencia incluye desde el cultivo y cosecha de alimentos hasta su conservación o fermentación, con una lógica circular: aprovechar cada etapa del proceso, generar el menor desperdicio posible y devolver a la tierra lo que la tierra dio.
Las capacitaciones no solo muestran cómo hacer, sino que buscan transmitir una lógica distinta de consumo y producción. “Tratamos de diseñar según las necesidades o los intereses del lugar al que vamos. Si hay interés en separación de residuos, en fermentos, en cómo cosechar y conservar… eso puede ser un taller”, explican. Y, según la época del año, varían los contenidos: cítricos en invierno, tomates en verano, frutos de carozo en primavera.

La propuesta también surge de la observación. La hija de la pareja, Ame, y su entorno escolar fueron un impulso: “Veíamos que los chicos se entusiasmaban con las gallinas, con cosechar frutas, con el compost. Ahí empezamos a pensar en abrirlo a otros, en que vinieran a verlo, o en ir nosotros a dar las charlas”, relatan. Así se consolidó una pedagogía de la espera y del ciclo: “Los niños entienden que hay que esperar. Que no hay mandarinas todo el año. Que un tomate necesita tiempo. Y cuando lo cosechan, valoran ese proceso.”

Aunque las limitaciones espaciales y logísticas del predio familiar impiden recibir grupos numerosos, eso no detuvo al proyecto. Al contrario: lo potenció. Hoy, Salvaje San Francisco se traslada a escuelas, clubes y organizaciones con talleres que combinan saberes prácticos y reflexión sobre el vínculo con la naturaleza. “La capacitación tiene que ir de la mano con mostrar y hacer. A veces llevamos lombrices, otras veces imágenes, y otras veces plantines que los niños ven crecer”, dicen.
Lo que empezó como una elección familiar, hoy es una invitación a pensar en comunidad otras formas posibles de vivir y alimentarse.


