Nacida en el campo, María Magdalena Rossi comenzó su vida entre los surcos de la tierra y el canto de los pájaros. Estudió en Las Varillas, y más tarde, con esfuerzo y pasión, se recibió como docente.
Su vocación la llevó a dar clases en distintos pueblos rurales como Laspiur, Prosperidad y Las Varas, hasta que fue nombrada en Santa María. Allí no solo formó alumnos, sino también una familia: conoció a su esposo y se casó.
Juntos criaron tres hijos, pero uno de ellos ocupa un lugar muy especial en su corazón: «El mayor es Juan Carlos, es mi adoración», dice María, con una mezcla de orgullo y ternura en la voz. Hoy, ya jubilada, disfruta de la vida con la calma que antes no conocía: «Siempre trabajé en la escuela», reflexiona.
Pero la vida también le presentó desafíos. Cuando Juan Carlos tenía apenas 53 días, sufrió convulsiones y quedó con secuelas. A los dos años, una tos convulsa agravó su estado. Desde entonces, su hijo requirió cuidados constantes, especialmente por problemas pulmonares.
A pesar de las noches sin dormir —preparando clases y cuidándolo— María nunca bajó los brazos: «Dormía dos o tres horas nomás… La escuela era fuerte, y él necesitaba mucho.»
Hoy, aunque la lucha continúa, se siente fortalecida por todo lo vivido. Su vínculo con Juan Carlos sigue siendo el eje de su vida: «Está en silla de ruedas, pero es un chico bueno, te da besos todo el día, se hace querer.
“Uno se hace persona con estas cosas”, dice María. Y es así: su historia es la de tantas mujeres anónimas que sostienen con amor hogares, escuelas y sueños, sin pedir nada a cambio. Su mensaje para quienes tienen hijos con discapacidad es claro y lleno de luz: «Es algo adorable. No es fácil, pero se puede, con amor, se puede.»


