Viejo, donde sea que estés, gracias por tanto amor

Viejo, donde sea que estés, gracias por tanto amor

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Querido viejito, nunca te escribí una carta: no sé porqué, pero nunca se dio. Ahora, después de un año de que murió mamá, estoy empezando a vaciar nuestra casa. El otro día encontré una carpeta con todas las cartas que le escribiste a la Vieja mientras estaban de novios, ella en España y vos aquí. Ver tu letra y lo que le escribías con tanta ternura a mamá me conmovió mucho. ¡Pucha!, yo no tengo ninguna carta tuya. ¡Cómo me hubiera gustado hoy repasar y releerla! Y yo tampoco te escribí nunca. Pero aprovecho ahora para hacerlo y agradecerte tanto amor:sé que donde sea que estés, te va encantar.

Me han quedado grabadas imágenes y momentos compartidos que, ahora, con el pasar del tiempo, van aflorando. Tengo presente tu trabajo, fuiste portero de un edificio de oficinas en Belgrano 265 durante 20 años. ¡Cuánto trabajo, viejo! Además del cuidado del edificio a la noche, con mami hacías la limpieza de un montón de oficinas.

Laburaban hasta las 10 de la noche, todo el día, para crecer y progresar. Habían venido sin nada de España, pero tenían toda la “polenta” interior del inmigrante. El turco de la esquina, el diariero del barrio, te dejaba todos los días Clarín, y yo, chiquita, de 4 o 5 años, bajaba a las tardes a quedarme con vos en la entrada del edificio. Y ahí me enseñaste a leer con las letras grandes de los titulares de ese diario.

Los sábados que hacían la limpieza a fondo y vos te colgabas para limpiar los vidrios de las ventanas, yo lloraba porque tenía miedo de que te cayeras. ¿Te acordás, cuando estuve tanto tiempo enferma, nueve meses sin poder levantarme de la cama, y todas las noches, cansados de trabajar, venían vos y la Vieja, cada uno con su bandeja, sentaditos mamá en la cama y vos en un banco y cenábamos los tres juntos, en familia?

Los martes te apurabas con el trabajo para cenar y ver la tele, te habías reenganchado con “Rolando Rivas, taxista” ¡Qué época, Viejo! Estaban tan asustados con mi enfermedad, que trabajaron un montón para poder operarme con un traumatólogo buenísimo, pero muy caro. Valió la pena, ustedes estaban más asustados que yo a mis 12 años. Me recuperé y pude empezar el cole de nuevo. Nunca pude retribuirles el trabajo y esfuerzo que tuvieron que hacer para que yo pudiera curarme, el cuidado, la atención y el amor que me brindaron.

La vida siguió siempre con tu ejemplo de trabajo, de conducta, de perseverancia y de esfuerzo. Siempre me inculcaste el valor de la honestidad y yo me propuse no fallarte. Por eso me esforcé tanto en los estudios, en la secundaria y después en la facu.

Cuando me entregaste el diploma estabas tan orgulloso y tan feliz. Para esta época pusiste un negocio en Barrio Norte, tenía un poco de todo, vendían cosas de bazar, de limpieza, librería y juguetería. Ibamos juntos a comprar los juguetes, me confiaban esa tarea. Conservo de esa época el caballito con el indio Toro, lo pasábamos genial yendo a los mayoristas de San Cristóbal. Nunca me protestabas o te enojabas conmigo, la usabas a mamá de intermediaria: “Tu padre está enojado porque no le hacés los papeles”, pero vos eras incapaz de decírmelo.

Después me casé y llegaron mis dos hijos, Luciano y Juan. Ya empezabas a tener problemas de salud, así que cerraste después de 15 años el negocio y asumiste tu trabajo más importante en la vida, ser abuelo. ¡Y qué bien lo hiciste! Como yo trabajaba tanto, me ayudaste con mami, a cuidar a los “dos indios”. De chiquitos la plaza era norma, la calesita y después el quiosco; nunca se salvaba de la visita de los tres. Tengo esa imagen: vos parado, esperando a que los chicos se decidieran por figuritas o golosinas. Los paseos por Palermo o Parque Centenario, los juegos, los autitos. ¡Qué abuelo presente fuiste! Les enseñaste a los dos a jugar a la escoba y a la brisca, cuando era la hora de ir a bañarse ibas al cuarto con la escoba y la pala y decías: “Guardan los juguetes o los levanto yo con la pala”, y ellos volaban a ordenar todo el cuarto. Yo llegaba del trabajo y empezaba la función principal, preparar el mate para María … ¡Qué rico te salía! ¡Viejo, gracias por tanto amor! ¡Cuánto y cómo me amaste a mí y a mis hijos! Te veo cuando llegabas en invierno todo emponchado, con tu campera y tu boina. Nos abrazábamos, y decíamos siempre lo mismo: “¡María!”… “¡Viejito!” ¡Cómo te extraño!

María Ester Nande de Spanto

Un día para honrar la vida y recordar con alegría

Una carta preciosa la que publicamos hoy en espera de la clásica celebración de mañana, uno de los dos domingos del año tan especiales para los afectos argentinos. Es una de esas sabias enseñanzas que con los años nos trae la vida. A medida que pasa el tiempo, quizá sin que los propios padres se den por enterados, los hijos devuelven el amor recibido. Nunca es tarde para hacerlo. Ni siquiera en los casos de las ausencias definitivas: quizá, en algún lugar, como quien no quiere la cosa, ese mensaje, como éste, cargado de emoción, nostalgia y recuerdos, será recibido por aquel papá que creíamos todopoderoso y de eterna juventud.

Quien lo tenga a su lado, que lo abrace y le diga cuánto lo quiere. Quien lo haya perdido en la ruta de la vida , que procure recordarlo con alegría. No es un día para la melancolía. Quien no entienda del todo el juego, por favor que lea una vez más la carta de hoy.

Nota publicada en Clarín.