El 30 de octubre de 1983 fue un día histórico: Argentina dejaba atrás siete años de una dictadura implacable y, cual Ave Fénix, renacía la república perdida.
En las elecciones celebradas aquel día, la ciudadanía pudo expresar su veredicto y elegir a los gobernantes como mandaba la Constitución que recobraba vigencia. El radicalismo venció al peronismo y Raúl Alfonsín fue, por lejos, el personaje excluyente de la hora, cuyo protagonismo trascendió a su propio partido. Se sabía de antemano que la contienda estaba planteada nuevamente entre peronistas y radicales y que la democracia en ciernes volvería a ser bipartidista, como lo había sido hasta 1976. Pero no era seguro a quién le tocaría el favor ciudadano; pese a que las encuestas —el recurso de última generación incorporado a la campaña electoral— le daban una luz de ventaja al candidato radical sobre su oponente, Ítalo Luder.
Alfonsín conocía mejor que nadie y respetaba la potencialidad electoral del peronismo, el temido contrincante en las urnas, como para confiar en un triunfo seguro. Había que esperar el dictamen de las urnas, pese a que el recuerdo amargo y las calamidades del gobierno justicialista, encabezado en la última etapa por María Estela Martínez de Perón, estaba presente e, incluso, actualizado por algunas torpezas de campaña, como quemar un ataúd en vivo y en directo.
Venía barruntando el asunto desde muy temprano, cuando aquella mañana se levantó para ir a votar en Chascomús, en la escuela de siempre de su tierra natal. Siguió masticándolo junto con la sucinta tira de asado que almorzó en la quinta de un amigo en San Isidro. La ansiedad no le permitió disfrutar de la corta siesta que intentó, ni lo abandonó en las recorridas por el parque para acortar la vigilia. Y fue en aumento cuando, al ocultarse el sol, televisores y radios comenzaron a disparar los primeros cómputos, halagüeños para la Unión Cívica Radical, que familiares y un selecto grupo de compañeros de ruta —Roque Carranza, Aldo Neri, Conrado Storani y Germán López, entre otros— celebraban con vítores. Cauteloso, no quiso sumarse a ese festejo temprano de sus íntimos y prefirió aguardar: aún faltaban muchos votos que contar y convenía esperar.
Tarde ya, cuando le informaron que había ganado en bastiones peronistas tradicionales como Avellaneda y Lanús, accedió a trasladarse al Comité Nacional de su partido, en la ciudad de Buenos Aires, donde ya ardía el festejo. Los correligionarios que agitaban banderas rojiblancas y coreaban su nombre tuvieron que esperar hasta la madrugada, para que el candidato se convenciera de que el escrutinio no mentía, que el milagro electoral se había consumado y que el “Ahora, Alfonsín” de la publicidad era real. Entonces salió al balcón y saludó, sonriente, con las manos tomadas por encima del hombro.
Fue una elección apasionante, con alta concurrencia —votó el 88 % del padrón—, y polarizada al extremo: pese a que hubo una docena de fórmulas, la UCR obtuvo casi el 52 % de los votos y el PJ poco más del 40 %. La fórmula integrada por Raúl Alfonsín y el cordobés Víctor Martínez se impuso por más de 1,7 millones de votos al binomio Ítalo Luder-Deolindo Bittel, ganando en la mayoría de los distritos, incluida la otrora imbatible provincia de Buenos Aires. Despuntaba un nuevo tiempo en la Argentina.
Los aciertos de la campaña concitaron el apoyo mayoritario de la ciudadanía independiente: el tono esperanzador, la estética moderna pergeñada por el publicista David Ratto, el saludo con ambas manos entrelazadas, el recitado del Preámbulo desde los palcos, la alianza del Movimiento de Renovación y Cambio con la sólida Línea Córdoba, la denuncia de un supuesto pacto militar-sindical, entre otros.
Lo que inclinó finalmente la balanza fue que la mayoría del pueblo argentino percibió en Alfonsín más garantías democráticas que en los candidatos de un peronismo que, confiado en su probada capacidad electoral, recreó la imagen de intolerancia previa al golpe de 1976, sin autocrítica alguna ni perspectivas de un cambio de estilo. Para quienes lo votaron y para quienes no, Alfonsín fue el rostro de ese momento crucial de la vida política argentina, alguien que, por encima de cuestiones partidarias, representaba mejor que los demás candidatos las expectativas de la sociedad después de la larga noche del terrorismo de Estado.
Lo que vino después es conocido; gobernó hasta el 8 de julio de 1989, con suerte dispar, alternando logros y fracasos hasta el recambio anticipado. El peronismo, entretanto, se democratizó, renovó su dirigencia y llegó al gobierno en el turno siguiente.
Por todo lo dicho, aquel 30 de octubre de 1983 fue una jornada histórica que puso en marcha la vigencia de la Constitución y de las instituciones republicanas en la Argentina, dejando en el camino las rémoras de un pasado que quedaba definitivamente atrás.

