Cuando se habla de inteligencia artificial es casi inevitable la divisoria de aguas entre quienes la temen y quienes la celebran.
Hay vaticinios apocalípticos que avizoran a una parte de la humanidad reemplazada por esos programas que se perfeccionan y crecen a su propio arbitrio y al resto luchando en desventaja para conservar su lugar en el mundo laboral.
Pero mientras algunos reúnen datos que alimentan esas oscuras distopías , la inmensa mayoría está expectante, maravillada y, lejos de la preocupación de los entendidos, acude a los usos domésticos y es capaz de disfrutar de Gardel cantando “Muchachos”-el hit de Qatar 2022-, escuchar un tema inédito de los Beatles, sonreír leyendo chistes temáticos o chequear cómo se vería la Barbie nacional. Todo elaborado en la factoría de la IA.
Hay trabajadores que ya han experimentado en carne propia lo que hasta hace poco se pronosticaba para un futuro más o menos mediato.
Ikea, el gigante sueco que logró imponer en la mitad del planeta la moda de los muebles escandinavos, reveló que el 47% de las llamadas de clientes son ahora gestionadas por Billie. ¿Se trata acaso de un super trabajador, capaz de filtrar semejante demanda?. No, Billie es una IA.
La BBC analizó la situación de Dean Meadowcroft, un redactor publicitario de un departamento de marketing cuya tarea consistía en elaborar comunicados de prensa y actualizar publicaciones en redes sociales
A fines de 2022 le sumaron una inteligencia artificial. Han pasado 7 meses y volaron Dean y sus cuatro compañeros.
Lo que un redactor humano tardaba entre 60 y 90 minutos en escribir, la IA podría hacerlo en 10 minutos o menos.
Según los expertos, el mundo está a tiempo de evitar que esas distopías se transformen en realidad. Para ello reclaman estándares mundiales de certificación de imágenes y sonidos y que los estados respalden programas de divulgación que instruyan a los ciudadanos sobre el uso ético de la inteligencia artificial.





