Entrevista al profesor Carlos A. Montiel sobre la celebración del 20 de noviembre, Día de la
Soberanía Nacional, que comentó que ayudaría una ojeada por el mundo de 1845.
Los imperialismos avanzaban en todos lados, Estados Unidos se engullía Texas y poco después Nuevo México y California mientras los europeos hacían lo propio en África y Extremo Oriente cometiendo barbaridades sin ruborizarse.
En el plano más local y fuera de la política se informó de la muerte de Bernardino Rivadavia, Sarmiento publicó el “Facundo”, su obra cumbre y el Padre Lozano dio a conocer particularidades de nuestra fauna. La moda tenía su centro en Palermo, morada del mandamás.
Ahora voy a Obligado o la Vuelta de Obligado, episodio de la gesta criolla que tuvo por escenario al rio Paraná y se prolongó hasta 1846. A partir del bloqueo francés al estuario del Plata los problemas derivados de la Confederación Argentina, así nos llamábamos, se entrecruzan con intereses británicos, brasileños, y hasta Giuseppe Garibaldi que también andaba por estos lares se mezcló en la pelea y el amor.
Las potencias europeas, siempre civilizando, entre comillas, se autoimpusieron una mediación en los problemas sudamericanos, tomaron por la fuerza la flota nacional que estaba frente a Montevideo y era comandada por Brown, atacaron Colonia, y ocuparon Martín García, isla que luego se haría famosa como alojamiento de políticos argentinos en desgracia. Luego de este introito, que se asemejaba a un desfile, la flota invasora y un centenar de mercantes, avanzó buscando llegar a Corrientes y Paraguay. Detrás de este accionar también estaban los unitarios en el exilio, para lo cual todo servía para derrocar a Rosas, luego del estrepitoso fracaso de Lavalle, derrotado en Quebracho Herrado, al que sus instigadores no vacilaron en llamar “espada sin cabeza” y también de Lamadrid, bravo pero siempre en desgracia.
La extranjería avanzó hasta que encontró resistencia entre San Pedro y Ramallo. Parecía la lucha de David y Goliat. Por un lado pobres cañoncitos, una línea de pequeñas barcazas unidas con cadenas de costa a costa procurando bloquear los 700 metros que allí alcanza el ancho del río, milicianos de buena voluntad dirigidos como podía por Lucio Mansilla frente a navíos armados con cañones, obuses y cohetes. Combatieron unas siete horas hasta que los
europeos pudieron pasar, pero la fusilería costera les impidió aprovisionarse. Su retorno fue difícil y escasos los negocios.
Por mucho tiempo la victoriosa derrota criolla fue ocultada por la historiografía liberal, pero desde Europa San Martín no ignoró la templanza de Rosas y le dejó como legado su histórico sable corvo. El hombre que nos mira desde los viejos billetes de veinte pesos logró una gran victoria diplomática ante las grandes potencias que buscaron pronta conciliación ya que los enfrentamientos nunca son propicios para los buenos negocios. Gran Bretaña abandonó poco después Martín García, devolvió los barcos que se había apropiado y saludó con 21 cañonazos a la bandera argentina de entonces, que tenía mucho de azul y poco de celeste, que era el color de la contra.
Rosas finalmente fue derrotado en Caseros para 1852 y se exilió en Inglaterra donde murió en 1877. Sus restos fueron repatriados en 1989, gestión de Carlos Menem y reposan en el cementerio de la Recoleta.
La polémica sobre su figura adquirió virulencia entre los historiadores y goza de buena salud.





