Gustavo Rosso: del dolor a la superación, un camino de legado y resiliencia gracias al deporte

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Con 52 años, Gustavo Rosso no solo dirige junto a su primo Mauricio Armando una empresa centenaria y familiar, sino que también representa un ejemplo de resiliencia y transformación personal.

Dueño de una historia atravesada por el dolor, la pérdida y la superación, hoy se prepara para competir en el Campeonato Mundial de triatlón Ironman, en Niza, Francia.

Gustavo forma parte de la cuarta generación de Rosso Hermanos, empresa fundada por su bisabuelo en 1917. Desde los 18 años, está involucrado en el negocio familiar, el cual, asegura, tiene como misión principal «honrar a quienes parten y acompañar a sus seres queridos en un duelo saludable».

Pero su vida dio un giro dramático en noviembre de 2009, cuando su esposa Solange Magnano falleció producto de una mala praxis médica. De un día para otro, quedó solo al cuidado de sus hijos mellizos, Lautaro y Bruno, quienes tenían apenas 8 años.

“En 24 horas pasó de ser una vida llena de proyectos a una tormenta impensada”, recuerda. A partir de allí, cuenta que inició tres caminos simultáneos: la búsqueda de justicia, la reconstrucción emocional, y el compromiso de ser ejemplo para sus hijos.

La médica responsable fue condenada judicialmente, pero sostiene que «ninguna pena es comparable con el acto que hizo». La justicia terrenal no le devolvía a Solange, pero sí lo empujaba a reconstruirse.

Fue entonces cuando el deporte apareció como una tabla de salvación. Sin experiencia previa, decidió entrenar para un Ironman, la exigente competencia que combina 3,8 km de natación, 180 km de ciclismo y una maratón de 42 km.

«Me juré dedicarle ese primer Ironman a Solange. No sabía cómo, pero necesitaba transformar ese dolor en algo que diera vida», relata. Con la ayuda del entrenador Nicolás Venier, comenzó un camino de preparación física y mental que hoy, 12 Ironman después, lo encuentra entre los mejores del país en su categoría.

En noviembre pasado, logró algo que parecía imposible: clasificó para el Mundial de Ironman en Niza, convirtiéndose en el segundo atleta de San Francisco en lograrlo, junto a su actual entrenador, Gastón Montenegro. “Esa medalla es más que un premio deportivo, es el resultado de una vida que eligió no quedarse en la oscuridad”, explica.

Con los ojos puestos en la competencia del 14 de septiembre, Gustavo tiene una meta clara: “Quiero largar mi Ironman número 25 o 30 cuando tenga 70 años. Pero si no llego, igual habré salvado mi vida cada día que entrené”.

Su historia es mucho más que un testimonio deportivo. Es un mensaje de esperanza, de homenaje, y de vida. Como él mismo dice: “No podemos evitar el dolor de perder a alguien que amamos. Pero sí podemos elegir qué hacemos con ese dolor. Dar vida a la muerte. Ese es mi camino”.

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