Considerada la primera iglesia croata de la provincia de Córdoba, la Cooperativa Eléctrica devolvió las llaves a sus nuevos propietarios. Los vecinos lamentan la pérdida de un espacio clave para la memoria histórica de la región de Ansenuza.
Una noticia caló hondo en el plano afectivo y cultural de la región, despertando sentimientos de nostalgia y encendiendo las alarmas sobre el destino de los edificios emblemáticos de la zona. La venta de la histórica Capilla San Antonio, considerada la primera capilla croata de toda la provincia de Córdoba, generó una ola de tristeza y preocupación entre los vecinos de Miramar de Ansenuza fuertemente vinculados a la preservación del patrimonio local.
El malestar y el pesar colectivo se hicieron públicos luego de que una vecina de la localidad turística expresara sus sensaciones a través de sus redes sociales. El desencadenante de la publicación fue un hecho concreto: la Cooperativa Eléctrica de Miramar, institución que durante años estuvo al frente de los trabajos de restauración y puesta en valor del templo, procedió a devolver formalmente las llaves del edificio a sus nuevos propietarios.
«Hoy es un día un poco más gris», resumió una mujer al recordar el incansable trabajo realizado de manera comunitaria durante la última década para mantener abierto, cuidado y activo este espacio que, además de su indudable valor religioso, representaba un símbolo fundamental de las profundas raíces croatas en la región.
La reflexión compartida por la vecina no se limitó únicamente al destino de la iglesia, sino que trazó un panorama más amplio y preocupante sobre la identidad arquitectónica e histórica de la localidad. En su escrito, advirtió que la comunidad viene sufriendo de manera sistemática en los últimos años la desaparición de parte de su patrimonio histórico, trayendo a colación casos testigos y sumamente sensibles para el sentimiento miramarense, como la situación que atraviesa la antigua Escuela Nacional y el emblemático Hotel Viena.
Si bien en la publicación se reconoció abiertamente que la devolución del inmueble era una situación conocida de antemano por los involucrados y que, en paralelo, existe un proyecto dando vueltas para intentar convertir el lugar en un futuro Centro Cultural, esto no aminoró el impacto emocional ni la profunda tristeza colectiva por la pérdida definitiva de un espacio al que numerosos vecinos le dedicaron mucho tiempo, recursos y esfuerzo personal.
El cierre de esta etapa deja un balance agridulce. En su mensaje de despedida, la vecina aprovechó para agradecer de manera especial a la Cooperativa Eléctrica por haber sido el motor de la recuperación del edificio en su momento. También extendió su reconocimiento a la valiosa tarea de las voluntarias que durante 10 años abrieron las puertas del templo cada fin de semana, al constante acompañamiento espiritual del Padre Raúl, y a cada uno de los vecinos que aportaron de manera desinteresada fotografías y relatos antiguos para reconstruir paso a paso la rica historia de la capilla. El fin de este ciclo marca un momento de altísima carga emocional para quienes entienden que la memoria histórica de Miramar de Ansenuza debe defenderse día a día.
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