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Raponi, el Patrón de la Química

Raponi, el Patrón de la Química

Quién es Sergio Raponi, el abogado y amante de la filosofía sospechado por la Justicia de ser el máximo responsable de la tragedia. Informe especial sobre Alta Córdoba.

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«No parece un asunto de poca importancia práctica saber si para cualquier individuo es siempre negativo en términos de su felicidad individual el ser un amoral”.

En 1998, Sergio Hilario Raponi tenía 36 años. Todavía faltaban algunos calendarios para que nacieran sus dos hijas. Y mucho más tiempo, aún, para que el negocio familiar que lideraba su padre, Ismael, pasara a manos de él, de su hermana y de otra medio hermana.

Raponi, en aquel tiempo, era jefe de Trabajos Prácticos de la cátedra de Ética I en la facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Bastante antes, el 12 de septiembre de 1986, a los 24 años, se recibió de abogado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de esa casa de estudios.

Académico

Jamás dejó de estar ligado al ámbito universitario. Según su currículum, entre 2002 y 2010, fue profesor adjunto con dedicación semiexclusiva en las cátedras de Ética I y Ética II, en Filosofía.

También se desempeñó como jefe de Trabajos Prácticos en la cátedra de Filosofía del Derecho, desde el 18 de marzo de 2004 y el 31 de marzo de 2010.

Cargo similar tuvo en Trabajos Prácticos de la cátedra de Filosofía del Derecho y Semi­nario de Ética Profesional (31 de julio de 2000 a 14 de mayo de 2004) en la Universidad Blas Pascal; y estuvo al frente de Ética y Deontología Profesional (18 de marzo de 2001 hasta el 31 de julio de 2004), en la Universidad Empresarial Siglo 21.

En aquel lejano 1998, Raponi todavía nadaba entre las aguas de la filosofía. Faltaba mucho para que su nombre quedara asociado para siempre con el desastre químico más impactante que Córdoba recuerde.

Publicaba, entonces, El paradigma del amoral feliz, un ensayo de 21 páginas en el que busca responder, entre Brink, Hume, Kant y Hobbes, a un interrogante: ¿acaso se puede sonreír siendo un corrupto?

Fue, tal vez, su mayor logro intelectual. El escrito terminó siendo publicado por la Revista Iberoamericana de Estudios Utilitaristas, de España.

Todavía iban a transcurrir largos 17 años para que aquel texto sea leído de otra manera.

“La posibilidad de un individuo amoral y, a pesar de ello, feliz, se presenta como un hecho difícil de negar (…)”.

“Por el contrario, una de las perplejidades que presenta la situación de estos individuos, es que pareciera que, al menos algunos de ellos, se sienten muy conformes con la forma en que su vida se desarrolla: en otras palabras, podría decirse que se sienten felices, incluso como consecuencia de su corrupción”.

Más adelante, asegura: “Por ello, quien quebranta un pacto no puede ser tolerado en ninguna sociedad a no ser por el error de quienes lo admiten, y estos errores no pueden ser computados razonablemente entre los medios de seguridad”.

Hoy, Raponi todavía figura como profesor de Introducción a la Filosofía en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.

Tras la explosión de su planta química, pidió licencia “por enfermedad prolongada” y no ha vuelto a trabajar.

Según fuentes de esa unidad académica, se trata de una carpeta médica que incluiría el goce de haberes, pero que debe renovarse cada 30 días. La última renovación fue el 17 de septiembre de 2015, convalidada por resolución N° 1.401/15.

Meses atrás, algunos miembros del Consejo Directivo de la Facultad de Derecho hicieron trascender que pedirían su suspensión. Pero el respeto al principio de inocencia que argumentaron otros consejeros hizo que la iniciativa no prosperara.

Emporio
Raponi Industrial Química SRL era, hasta el jueves 6 de noviembre del año pasado, una firma mucho más poderosa de lo que sus precarias instalaciones podrían haber dejado suponer.

Hasta entonces, exhibía en sus cartillas de promociones una experiencia de más de 35 años en el “asesoramiento, desarrollo y provisión de productos químicos específicos para la higiene y el mantenimiento de industrias de múltiples sectores: frigoríficos, avícolas, alimenticias (catering), lavaderos, hospitales, etcétera”.

Ofrecía al por mayor y menor productos de limpieza, blanqueadores de mondongo, tinta para marcar carnes y desengrasantes, entre otros.

Su cartera de clientes atesoraba a la mayoría de las grandes firmas cordobesas.

Su mentor, desde siempre, fue Ismael Hipólito Raponi (76), quien vivía a pocas cuadras de los galpones de la firma ubicados en calle Avellaneda 2971.

Casado con la reconocida cosmetóloga Ethel Meyer (impulsora de uno de los principales institutos de recuperación capilar de la provincia), tuvieron dos hijos: Sergio y Nancy.

Ya divorciado, Ismael volvió a formar pareja y tuvo otra hija, Alejandra, una abogada que vive en San Miguel de Tucumán, donde la química aún tiene una sucursal en José Thames 316.

Cansado de liderar la firma, Ismael decidió en 2008 que queda­ra en poder de sus hijos.

El 22 de septiembre de ese año, según consta en el Boletín Oficial de la Provincia, se constituyó “Raponi Industrial Química SRL”.

Sus titulares pasaron a ser Sergio Hilton Raponi y Alejandra María Raponi.

Nancy fue designada como gerente de la firma, cuya administración, sede social y asiento principal se formalizó en Mendoza 3095, a escasos metros del epicentro de la explosión.

De acuerdo al acta de constitución, Sergio, nacido el 1° de mayo de 1962, figura como abogado, soltero y con domicilio en 24 de Septiembre 1505, General Paz (el mismo donde del centro capilar de su madre).

Su estado civil es paradójico. Cuentan allegados a la familia que cuando fue detenido, en la primera visita que le realizó su mujer y madre de sus hijas en Bouwer, Sergio le propuso casamiento. “No estamos para eso ahora”, respondió ella.

Responsabilidades
Entre la fianza de 10 millones de pesos que fijó en activos (no en dinero), figura un modesto edificio de 19 departamentos de Bedoya 830, Cofico, donde también está asentada una de las direcciones de la empresa.

Cuando declaró por última vez ante la fiscal Eve Flores, Sergio aseguró que el poder de la empresa continuaba siendo ejercido por su padre.

Para la instructora judicial, en cambio, toda la responsa­bilidad es de él.

Pese a la precariedad que se observaba en los galpones de la firma en Alta Córdoba, al menos la parte que había sido declarada siempre logró sortear los controles de la Municipalidad de Córdoba y de Bomberos de la Policía.

Sin embargo, el hecho de que se haya encontrado un depósito sin declarar, junto al resto de la estructura para almacenar los químicos, generó una serie de suspicacias.

Allí había precursores químicos, muy requeridos por el mercado clandestino, en especial para la elaboración de clorhidrato de cocaína.

La química manejaba estas sustancias con autorización de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar).

Vecinos supieron asegurar, días después de la explosión, que el movimiento de particulares alrededor de la firma era “extraño”.

“No se encontró cocaína o pasta base ni elementos utilizados para poder producirla (…) Pero no sabemos para qué ocultaban esos químicos en un depósito sin declarar; por eso tantas dudas”, apuntó un informante en aquella oportunidad.

A partir de estas conjeturas publicadas en su momento en La Voz del Interior, el fiscal federal N° 1 de la ciudad de Córdoba, Enrique Senestrari, inició una investigación de oficio.

Hasta ahora, dijo el fiscal, no hubo avances ya que no le enviaron la información completa desde la Justicia provincial.

Raponi, en tanto, se mantiene en silencio ante la prensa. Su abogado Eduardo Tarasconi dice que no hablará con periodistas.

Él, acostumbrado a las palabras filosóficas, hoy se enfrenta al crudo lenguaje de un expediente penal.

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