Entre ediciones japonesas difíciles de conseguir, discos descatalogados y piezas vinculadas a grandes figuras del rock, el coleccionista sanfrancisqueño construyó un universo musical que comenzó casi sin darse cuenta. En diálogo con Radio Estación, repasó sus primeros pasos, mostró algunas de sus joyas más preciadas y contó cómo vive esta pasión que también compartirá en una nueva edición de “San Francisco Colecciona”, el 21 y 22 de noviembre en el Superdomo.
Pablo Cantagalli tiene una colección de entre 600 y 700 CDs que fue construyendo a lo largo de décadas. Lo que comenzó como una forma de disfrutar la música terminó convirtiéndose en una búsqueda de piezas especiales, ediciones importadas y discos que, por su rareza, son cada vez más difíciles de encontrar. Su historia está atravesada por el rock, el heavy metal, la curiosidad por descubrir sonidos de distintas partes del mundo y, sobre todo, por el placer de atesorar objetos que cuentan algo más que una canción.
“Era la época de vigencia y furor de la compactera, del CD. Nos estábamos saliendo del formato cassette y empecé con un tío que le gusta mucho el rock y el blues a recibir regalos”, recordó en diálogo con Radio Estación. Aquellos primeros obsequios llegaron de parte de un familiar que vivía en Santa Fe y fueron dos discos de su banda de cabecera: The Dark Side of the Moon y The Final Cut, de Pink Floyd.

“Empecé a ver que se acumulaban, que los disfrutaba realmente de poder escucharlos. En esa época no teníamos las facilidades de YouTube y esas cosas, así que empecé a interiorizarme un poco más en el mundo de la música, del rock y de todas las vertientes del heavy metal”, contó. Con el tiempo, aquella acumulación espontánea se transformó en una colección con una identidad propia.
Cantagalli reconoce que su manera de coleccionar fue cambiando. Al principio, como suele suceder, importaba sumar ejemplares. Después comenzó a privilegiar la calidad y la singularidad de cada adquisición. “Recién empecé un poco a apuntar más a la calidad que a la cantidad, en razón de buscar productos que sean importados, que estén ya descatalogados o que sean muy difíciles de conseguir”, explicó.

Aunque el vinilo experimentó un importante resurgimiento en los últimos años, él se mantiene fiel al CD. “Soy bastante encorsetado, bastante conservador y medio cabeza dura. Voy a veces para el lado que la gente no va, por eso escucho cosas muy raras, de las que estoy orgulloso”, afirmó.
Las joyas de una colección singular
Entre los estantes de su casa conviven discos de Pink Floyd, Whitesnake, Yes, Supertramp y otras bandas que marcaron la historia del rock. Sin embargo, su interés no se limita a reunir las discografías completas de sus artistas favoritos. Muchas veces, la búsqueda se orienta hacia trabajos solistas de músicos que formaron parte de grupos consagrados, con la intención de descubrir qué caminos tomaron una vez que dejaron esas bandas.
“Mi leitmotiv era decir: todos esos músicos que integraron esa banda exitosa, ¿qué hicieron después fuera de la banda? ¿Pudieron sostenerse en una proyección y en una carrera medianamente buena?”, explicó. Así comenzó a seguir las producciones individuales de integrantes de grupos como Whitesnake, Pink Floyd, Yes y Supertramp.
Entre las piezas que mostró durante la entrevista hay discos piratas de la gira The Division Bell de Pink Floyd, realizada en 1994 y última de la banda, ya con David Gilmour al frente. Uno de ellos reproduce el inicio de aquella gira, el 30 de marzo de ese año en Miami, durante una noche de lluvia intensa. También conserva una entrada autografiada por Durga McBroom, una de las coristas que acompañaron al grupo en esa etapa.

Otra de sus adquisiciones destacadas es una edición japonesa de un disco relacionado con Vivian Campbell, guitarrista que integró Whitesnake durante una de sus etapas más reconocidas. Cantagalli recordó la particular historia detrás de esa compra, que concretó en una casa especializada en heavy metal de Buenos Aires. El ejemplar estaba reservado para otro comprador, pero logró convencer al vendedor con una oferta superior a la prevista.
“Es un disco edición japonesa que es prácticamente inconseguible”, destacó sobre aquella pieza, que considera uno de los grandes premios de su colección.
La colección tiene, además, un valor afectivo que va más allá de la rareza de los objetos. Cantagalli conserva con especial cariño un disco de Sandstorm, que consiguió gracias a su amigo Gustavo, fallecido durante la pandemia de COVID-19.
“Le tengo mucho cariño a ese disco porque se consiguió a través de Gustavo. Yo siempre dije que al lado de Gustavo soy un coleccionista muy chiquitito”, recordó. Su amigo llegó a reunir más de 1500 CD, una colección que hoy permanece en manos de su familia como un tesoro.
Un hobby que también se comparte
La pasión de Cantagalli por coleccionar no se limita a la música. En su casa también conserva recuerdos de otra etapa fundamental de su vida: el tenis. Comenzó a jugar a los siete años, se destacó en torneos locales, provinciales y nacionales y llegó a competir en Europa, donde se instaló siendo adolescente para intentar desarrollar una carrera profesional.
Entre los objetos que guarda hay raquetas, trofeos y una camiseta del club francés para el que tenía previsto jugar. También conserva el recuerdo de un partido en el que venció a Sébastien Grosjean, quien años más tarde llegaría a ser número seis del mundo y campeón de la Copa Davis con Francia.
Sin embargo, los CD siguen siendo su principal pasión y el eje de su participación en “San Francisco Colecciona”, el grupo que reúne a vecinos de la ciudad con intereses muy diversos. Cantagalli se incorporó hace tres años, luego de que Carlos Margara, uno de los impulsores del espacio, conociera su colección y lo invitara a sumarse.
“Es un grupo muy lindo, muy ecléctico. Nos encontramos personas que nos dedicamos a diversas cosas y eso es lo lindo: la pasión que cada uno tiene por su hobby de colección”, describió.
La próxima oportunidad para compartir esas historias será el 21 y 22 de noviembre en el Superdomo, cuando se realice una nueva edición de la exposición. Cantagalli anticipó que volverá a presentar sus discos y que podrían sumarse coleccionistas de otras localidades, como Río Tercero y Villa Carlos Paz. También dejó abierta la posibilidad de una sorpresa vinculada a su muestra.
En tiempos en los que la música parece estar al alcance de un clic, Cantagalli elige seguir buscando, intercambiando y atesorando discos. Cada ejemplar tiene una historia: algunos llegaron como regalos, otros fueron hallazgos inesperados y varios requirieron años de búsqueda. En todos, sin embargo, permanece intacto el mismo entusiasmo de aquel adolescente que recibió sus primeros dos CDs de Pink Floyd y descubrió que detrás de cada álbum había un mundo por explorar.





