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Las lecciones de la historia reciente: cuándo una devaluación genera inflación y cuándo reactiva la economía

Es tema excluyente en el debate de los economistas. Para algunos, es inevitable un contagio a los precios, mientras que otros consideran que el daño se puede acotar y que el tipo de cambio alto será un factor dinamizador. La historia muestra que, según el contexto, el dólar puede ayudar o complicar

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Ahora dicen que (la suba del dólar) se va a ir a precios. No entiendo: hace poco decían que había inflación porque los precios se habían alineado a un dólar de $11; ahora dicen que van a aumentar a un dólar de 8 pesos».
«Que yo sepa, los precios de los bienes y el salario en Argentina están en pesos. Hay necesidad de divisas para un componente de importaciones, un 30% de la economía, sí. Pero, ¿en qué afecta la devaluación el corte de pelo? Hay otros sectores que dependen de las importaciones, pero en parte, no en forma total».
«Nosotros sabemos que cuando se altera el valor del tipo de cambio, el efecto no es lineal. Entonces,el comerciante que dice se devaluó 16% y recarga 16%, miente y roba».
«Nosotros necesitamos que la gente entienda esto. Es mentira. La gente no sabe, y encima que no sabe, los medios le mienten. Los sectores concentrados aumentan los precios legitimados de esta forma».
Quien afirmaba esto, hace escasamente un año y medio, era nada menos que el ministro de Economía, Axel Kicillof, después de haber convalidado una devaluación superior al 20 por ciento.
El funcionario, que ya era el preferido de Cristina Kirchner, acababa de rendirse ante la evidencia del retraso cambiario y trataba de hacer aparecer como una decisión propia lo que, en realidad, había sido una imposición del mercado.
Por entonces, su forma de mitigar el daño era criticar a quienes hacían ajustes de precios «injustificados». El argumento de Kicillof fue luego repetido por todos los miembros del gabinete y los voceros habituales del oficialismo.
Qué lejana parece esa Argentina hoy, cuando los mismos funcionarios y dirigentes del kirchnerismo defienden el argumento exactamente opuesto. Es decir, que si llega a haber una devaluación, es natural, obvio e iremediable un inmediato contagio a los precios.
Hasta la propia Cristina Kirchner, en su cuenta de Twitter, escribió: «Que el mercado pase a determinar la paridad del peso con el dólar lleva inevitablemente a una megadevaluacion. Y una megadevaluación lleva inexorablemente a una suba de precios de la canasta básica».

La Presidenta se refería, naturalmente, a la eventualidad de una devaluación que podría llevar a cabo Mauricio Macri en caso de ganar. No queda en claro si su afirmación implica un cambio respecto de lo que pensaba hace un año o si, por el contrario, puede ser interpretada como una autocrítica y una enseñanza aprendida respecto de lo ocurrido en su propia devaluación.
Porque en aquella oportunidad, contrariando obstinadamente el argumento de Kicillof, los precios avanzaron hasta neutralizar por completo la depreciación en apenas seis meses.
En todo caso, lo cierto es que hoy nadie -ni el mismísimo Kicillof- sale a defender aquel argumento que él mismo planteara.
Tanto los kirchneristas como los macristas, los liberales como los intervencionistas y tanto los «gradualistas» como los partidarios del shock se hacen la misma pregunta: ¿Cuándo venga la anunciada devaluación, qué pasará con los precios?
La vedette de la campaña
Lo cierto es que entre los economistas no hay otro tema más importante para debatir en este momento. El impacto de una devaluación y cuánto de ella pasará a reflejarse en un pico inflacionario es el centro de todos los análisis y materia de acusaciones y chicanas cruzadas.

Las posiciones públicas de ambos candidatos quedaron visibles.

Desde el lado del espacio Cambiemos, Alfonso Prat Gay, uno de sus referentes económicos, planteó directamente que, en caso de triunfar, Macri devaluará en los primeros días de gestión y que la nueva cotización se ubicará en un punto intermedio entre el oficial y el paralelo.

Dijo el economista: «Habrá un dólar único, subirá el oficial, que hoy afecta a pocos, y bajarán todos los otros, que afectan a la gran mayoría».

Pero, además, Prat Gay argumentó que muchos rubros de actividad ya indexaron sus precios al nivel del blue, por lo que al sincerarse la devaluación no sería necesario un ajuste adicional.

Desde la otra vereda, Miguel Bein, ideólogo económico del FpV, le respondió: «Prat Gay sabe que no puede liberar el tipo de cambio porque no hay reservas suficientes, por supuesto que hay que ir a un mercado único, pero primero hay que recomponer las reservas del Banco Central».

«Están tratando de justificar una devaluación brusca, que destruya el salario de los argentinos. Hay que tratar de recuperar la competitividad sin perjudicar al trabajador. Tal vez una manera sea tocando el tipo de cambio de manera gradual», afirmó.

La cuestión de fondo, como tantas otras veces en la historia moderna de la Argentina, es cómo lograr que la devaluación termine siendo «exitosa». Esto, en la terminología de los economistas, implica que la ventaja competitiva ganada no sea «comida» inmediatamente por la inflación. De esa forma, el dólar alto se transforma en un factor dinamizador de la actividad.

Lecciones de historia reciente
Los analistas coinciden en que las esperadas inversiones no se «hundirán» a menos que sea con un tipo de cambio más competitivo.
La economía llegó a un momento en el cual nadie piensa que el dólar de $9,60 es viable y, entonces, todos quieren sacárselos al Banco Central (desde ahorristas a importadores) y quienes poseen activos dolarizados (soja), no los venden. Los «encanutan».

Ahora bien. ¿Es cómo dice Prat Gay, una terapia de shock? ¿Soltar el tipo de cambio y ya? ¿O es mejor un intento por la fórmula de Scioli-Bein, por el lado del gradualismo?

Un vistazo a la historia reciente puede ayudar a entender cómo funciona la dinámica entre dólar y precios. No todas las devaluaciones han tenido los mismos resultados. Las hubo «exitosas» y también las que vieron diluido su efecto en pocas semanas.
Desde 1981 a 2014, la Argentina sufrió ocho megadevaluaciones. Fueron en:
• Junio 1981
• Julio 1982
• Mayo 1989
• Febrero 1990
• Enero 1991
• Enero 2002
• Enero 2014

Una investigación llevada a cabo por técnicos del Ministerio de Economía de la Provincia de Buenos Aires verificó que el traslado a precios en cada una de ellas fue, en promedio, del 78% en los primeros tres meses de la medida. Y esa tasa se redujo al 45% entre seis a doce meses iniciales.
Es decir que, tras verificarse un «overshooting» del tipo de cambio al principio, en una segunda etapa el «pass-through» se reducía a una tercera parte.
Aquellas ocho devaluaciones se dieron en distintos escenarios económicos y políticos que, sin dudas, alteraron el efecto de la medida. No fue lo mismo la salida de la convertibilidad que el quiebre de 1989, cuando existía un desdoblamiento cambiario.
Tampoco son comparables los contextos sociales: en 1989, la tasa de desocupación se ubicaba por debajo del dígito (8,1%) contra el 21,5% del año 2001.
Se supone que en un escenario con mayor nivel empleo y mejores salarios existe una condición más favorable a un pasaje a precios más importante tras una devaluación.

El economista Fausto Spotorno analizó el resultado del alza del billete verde llevada a cabo por Kicillof a principios de 2014: «El tipo de cambio se depreció 25% en pocos días, generando un salto inflacionario muy significativo».
En detalle, según el experto, «la inflación para finales del 2013 promedió 28% anual, mientras que para junio del año siguiente se ubicó en 41% anual, mostrando un salto de 13 puntos porcentuales. Así, se observó un traslado a precios de casi 54% de la depreciación de la moneda».
Este último caso puede ubicarse en el grupo de las devaluaciones que terminaron en fracaso. La medida acumuló todos los elementos indeseables (salto inflacionario y pérdida del poder adquisitivo).
Se sabe, los saltos cambiarios sirven para ganar competitividad, haciendo más caras las importaciones y baratas las exportaciones. La del año pasado sólo cumplió con el objetivo de frenar la caída de las reservas del Banco Central, pero el costo asumido por los asalariados no fue compensado por una mejora en los niveles de empleo ni por un mejor perfil competitivo de la industria.
Es decir, lo que le ocurrió a Kicillof fue lo opuesto a lo que se busca con una devaluación, que es la devolución, en forma automática, de la competitividad a los sectores exportadores.
También se espera que la devaluación cambie el sentido del turismo: el país pasa a ser percibido como barato por los extranjeros, mientras que viajar al exterior se vuelve caro para los argentinos. En consecuencia, este rubro deja de sacar divisas del país y pasa a ser un canal de ingreso.
Finalmente, aquellas industrias focalizadas en proveer al mercado interno pasan a tener una protección natural frente a la competencia importada, ya que el abaratamiento -en dólares- de la producción local supone un cierre del mercado mucho más eficaz que los cupos de importación y otras medidas proteccionistas.
En este sentido, la de 2002 es considerada el prototipo de la devaluación «exitosa», ya que logró el objetivo de recuperar la economía tras la explosión de la convertibilidad. Tuvieron que pasar seis años hasta que los precios alcanzaran el salto dado por el tipo de cambio.
Otra devaluación exitosa fue la del año 2009, ya bajo el gobierno de Cristina Kirchner. Aquel año, el billete verde subió 30% (de $3 a $3,90) y la inflación fue de tan sólo el 12 por ciento.
Ese movimiento permitió que la economía despegue, luego de un año recesivo (nunca admitido por el Indec).
Ya en 2010 y también en 2011, la actividad retomó su esplendor. En 2010, el PBI se expandió 9,5%. Y el 8,4% al año siguiente.
La importancia del plan integral
Desde su consultora, el economista Federico Muñoz da una pista de por dónde debería pasar una devaluación exitosa.
«La estrategia más razonable es que, inmediatamente después de la reunificación cambiaria (y consecuente devaluación del oficial), se anuncie un plan de estabilización muy consistente, que comprenda un fuerte ajuste de la política monetaria (suba de tasas de interés), austeridad fiscal y un esfuerzo intenso de coordinación de expectativas desinflacionarias», suscribió.
Miguel Kiguel, ex subsecretario de Financiamiento, aporta un dato histórico y una pauta sobre los pasos a seguir para lograr una devaluación exitosa.
«En Argentina, en promedio, la relación es que por cada 20 puntos de depreciación, seis se trasladen a precios», aseguró.
«Las devaluaciones son contractivas cuando hay crisis. Si el Gobierno genera confianza puede lograr que entren capitales y realizar una devaluación con una inflación acotada. La confianza se genera logrando un solo tipo de cambio, bajando el costo del crédito y poniendo fin a la problemática con los holdouts», argumenta.
«Es lo contrario a la devaluación de Fábrega-Kicillof de 2014, cuando se tomó la decisión sin ninguna medida de fondo que le dé un marco», completó Kiguel.
Lorenzo Sigaut (h), economista jefe de Ecolatina, le quita dramatismo a la situación actual: «No es comparable con la salida de la convertibilidad. En ese momento había un alto nivel de deuda en dólares y un desempleo elevado, por lo que la devaluación generó un default».
En diálogo con iProfesional, dejó entrever que la suerte del deslizamiento dependerá de las medidas monetarias que lo acompañen, por parte del Banco Central.
Una vez más, como tantas veces en su historia reciente, la Argentina se enfrenta a una devaluación. La diferencia con otras es que ésta parece ser la más anunciada de todas. ¿Será suficiente para poner en marcha medidas paliativas, que dejen libre el camino a una recuperación del ciclo económico?
La (nueva) historia está por escribirse.

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