Desde la prisión de máxima seguridad más dura de Estados Unidos, el exlíder del Cartel de Sinaloa envió 13 escritos con reclamos. Sin chances reales de recuperar la libertad, apuesta a la escritura para intentar quebrar un aislamiento extremo que ya lleva una década.
Cada día es insoportablemente igual al anterior para Joaquín El Chapo Guzmán, quien se encuentra detenido hace una década y enfrenta condiciones de encierro que no muestran indicios de mejorar. Sin embargo, el exlíder del Cartel de Sinaloa no se resigna y activó una nueva táctica para intentar recuperar su libertad o aliviar su situación: escribir. En las últimas semanas, el considerado en su momento el capo narco más peligroso del mundo envió 13 cartas a distintos magistrados y funcionarios públicos norteamericanos.
Su actual lugar de reclusión es la prisión de alta seguridad ADX Florence, ubicada en Colorado y conocida popularmente como La Alcatraz de las Rocosas. Tras sus antecedentes de fugas y su capacidad para continuar manejando sus negocios desde el encierro, las autoridades estadounidenses le aplican las denominadas Medidas Administrativas Especiales (SAMs).
Este régimen, que padecen solo unos 50 presidiarios de alta peligrosidad en todo el sistema penal norteamericano, lo somete a un aislamiento total durante 23 horas al día. Guzmán pasa sus jornadas en una celda de pocos metros cuadrados equipada con mobiliario de hormigón y una ventana de apenas 10 centímetros de ancho. Tiene prohibido hablar con los guardias, sus visitas familiares y legales están severamente restringidas, carece de acceso a la información exterior y permanece bajo un monitoreo constante con luces encendidas las 24 horas.

Las posibilidades reales de que Guzmán recupere la libertad son nulas, ya que cumple tres condenas simultáneas: una cadena perpetua por narcotráfico, 30 años por uso de armas de fuego y 20 años por lavado de dinero. En sus misivas, el recluso no plasma manifiestos políticos ni memorias, sino que denuncia violaciones a sus derechos humanos y exige clemencia, una reducción de la pena, un nuevo juicio o ser devuelto a México.
En los primeros escritos enviados, alegó sufrir depresión, dolores de cabeza y pérdida de memoria debido al confinamiento cruel e inhumano, e incluso llegó a denunciar que el agua que consume está contaminada.
Con el paso de los días, las cartas se volvieron más ambiciosas y audaces. En sus últimos textos, Guzmán aseguró ser inocente y acusó al gobierno mexicano de la violencia instalada mientras él estaba libre. También recurrió a denunciar discriminación por su nacionalidad y sostuvo que su caso debía desestimarse por falta de pruebas, argumentando que el jurado fue presionado en el juicio.
Incluso modificó su versión sobre el tiroteo en el aeropuerto de 1993 donde murió el cardenal Posadas Ocampo, afirmando que él era un simple viajero que quedó atrapado en una balacera. Las últimas misivas del 8 de mayo fueron dirigidas a dos jueces federales, al alcalde de Brooklyn y al político Marco Rubio.
Debido a que la inteligencia norteamericana detectó hace un tiempo que el detenido lograba triangular mensajes para sus hijos en el exterior, sus comunicaciones legales fueron restringidas al máximo.
Llamativamente, varias de estas últimas cartas fueron redactadas en un inglés ripioso con términos legales complejos, lo que despierta fuertes sospechas de que en realidad cuenta con la asistencia de un escritor fantasma, presumiblemente su abogado.
Más allá de la falsedad de sus argumentos y la falta de sustento jurídico de sus reclamos, las cartas reflejan la paradoja de un hombre que lideró un imperio de violencia ilegal y que ahora se aferra a la escritura como su única vía de escape.
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