Cuando el Piamonte del siglo XIX sobrevive intacto en las voces de San Francisco

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En una profunda e histórica edición de «Noi Soma Piamonteis» por Radio Estación, la licenciada Beatriz Casalis desenterró las memorias de la inmigración en la Pampa Gringa. La asombrosa vigencia de los apellidos locales y el dialecto antiguo que hoy es objeto de estudio en Europa marcaron el pulso del programa.

Quien camina hoy por las calles de San Francisco o recorre las hileras de panteones de su cementerio local podría, perfectamente, creer que se encuentra en un pueblo de la provincia de Cúneo o en los suburbios de Turín. Esa «inyección mágica» de identidad, nostalgia y coraje que fundó la Pampa Gringa fue el eje central de la cuarta entrega de Noi Soma Piamonteis, el programa de la Asociación Familia Piemontesa de San Francisco conducido por Raúl Paccioreti en la sintonía de la 102.5.

El estudio se vistió de gala con la presencia de Estela Grifa (secretaria de la institución) y Neville de María (miembro de la comisión directiva). Sin embargo, la mesa sumó una luz fundamental: la reconocida historiadora, investigadora y docente local, Beatriz Casalis, quien aportó las memorias de su propio abuelo Blas y una radiografía exacta de la odisea inmigrante que data de finales del siglo XIX.

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La historia de nuestra colonización, según explicó Casalis, es estrictamente «hija de Santa Fe». Las primeras oleadas llegaron tras la crisis agraria del norte de Italia en la década de 1880. En el caso de los Casali, cuatro hermanos campesinos (contadini) oriundos de Carmañola (Turín), la llegada a la Argentina se hizo de forma escalonada.

«Mandaron primero al solterón, porque total si se perdía… para ver qué pasaba», relató Beatriz entre risas, detallando que el primer arribo fue en 1882, seguido por los hermanos Bartolomé y Jorge en los años posteriores.

Tras instalarse inicialmente en Colonia Roca —cerca de Rafaela— trabajando a porcentaje («a la réndita»), lograron ahorrar para comprar tierras en la nueva colonia que se erigía en San Francisco, llegando incluso antes de que Iturraspe presentara los planos oficiales al gobierno de Córdoba en 1886.

La vida en aquellos primeros meses rozaba lo inhumano. Sin ferrocarril en los inicios (debían viajar en carro hasta Esperanza o Rafaela para abastecerse) y sin viviendas, los inmigrantes dormían debajo de los carruajes y las chatas tapados con lonas.

Las memorias familiares rescatadas en el programa revivieron momentos desgarradores, como el de una abuela de la familia Bosco que traía en su baúl papeles pintados para empapelar su futura casa y terminó llorando sentada sobre un colchón de chala dentro de un rancho de paja. «De ahí viene el famoso ‘magún’, esa sensación de salir afuera de la casa y llorar» que caracterizó a los primeros colonos, recordó la mesa radial.

Aun sin caminos —que en ese entonces eran solo huellas que costeaban los ríos buscando fuentes de agua— y defendiéndose de los malvivientes en zonas tupidas como el Monte Capdevila o el de Luxardo a fuerza de perros bravos y escopetas Winchester, el espíritu de estos hombres no flaqueó, sostenido por una profunda fe religiosa. Como no había sacerdotes fijos, realizaban las misas al pie del carro colono o bajo un espinillo. Esta devoción dio origen a las capillas chacareras y a los «pilum», pequeños pilares con imágenes sagradas que los campesinos colocaban en las esquinas de sus campos al no poder costear una iglesia entera.

El programa también puso el foco en cómo los investigadores del viejo continente miran hoy con fascinación a nuestra región. Estela Grifa recordó la visita del lingüista italiano Eugenio Goría, quien realizó una tesis doctoral sobre los inmigrantes de la Pampa Gringa y fue acompañado en su recorrida por Neville de María.

Neville dejó una postal perfecta de lo que produce San Francisco en los ojos extranjeros:

«Yo lo llevé a Eugenio Goría a visitar el cementerio nuestro. Cuando entrás y ves un panteón al lado del otro con nombres propios de Italia, es lo mismo que entrar a un cementerio de Italia. Salvo dos panteones grandes que son árabes, si te fijás, es todo italiano». De María comparó además la guía telefónica de la localidad de Saluzzo en el año 2010 con la de San Francisco: «Daba impresión, era como mirarla de acá».

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Sin embargo, el fenómeno más llamativo para los estudiosos de la lengua es de carácter lingüístico. Mientras que en Italia el dialecto evolucionó y se modernizó absorbiendo términos anglosajones, en San Francisco quedó congelado. «Los piamonteses nos miran mucho porque nosotros hablamos un piamontés antiguo, tenemos el piamontés del siglo XIX, el que trajeron los abuelos», explicó Beatriz Casalis, señalando el valor histórico de que en muchas casas de campo locales el castellano haya sido recién la segunda lengua aprendida en las escuelas primarias.

El emotivo bloque cerró con los acordes de «Piemontesina Vela», interpretada por el grupo I Girasoli, una tradicional canción italiana que narra el idilio amoroso de una joven y un estudiante de medicina en el mítico parque Valentino de Turín.

Noi Soma Piamonteis: El arraigo de la Pampa Gringa y el dilema de la migración actual

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