Silvia Ruiz relata el camino de amor, luchas y logros junto a su hijo Francisco, de 25 años, quien convive con síndrome de Asperger, hidrocefalia y malformación de Arnold Chiari. Una historia de resiliencia familiar que visibiliza la inclusión y la autonomía de las personas con discapacidad en la ciudad.
Silvia Ruiz, de 52 años, nació en San Francisco pero se radicó en Buenos Aires tras casarse. Allí tuvo a Francisco, su primer hijo. El embarazo tuvo señales de alerta, pero los diagnósticos llegaron después del nacimiento.
En entrevista con Radio Estación 102.5 contó un poco el trayecto de los días con su hijo, desde su nacimiento, el amoldamiento a San Francisco y cómo vive hoy.
A los cuatro meses, Fran presentó llanto excesivo seguido de sueño prolongado; los estudios revelaron hidrocefalia, que requirió una válvula en la cabeza y, poco después, una segunda cirugía por malformación de Arnold Chiari. Ambas intervenciones fueron de alto riesgo. “Cuando ingresó por primera vez al quirófano, solo pensaba en que saliera bien, sin secuelas. En la segunda, ya solo pedía que me lo devolvieran vivo, sin importar las condiciones”, recuerda Silvia.
Contra todos los pronósticos médicos de la época, Fran superó las cirugías. Caminó cerca de los tres años y habló a los cinco. La rehabilitación fue intensa y los médicos no eran optimistas, pero la familia avanzó. Silvia, primeriza y con apoyo de su esposo, enfrentó además tragedias personales, durante el embarazo de Fran, su mamá recibió un diagnóstico terminal de cáncer; luego su esposo; y su papá falleció por problemas cardíacos. “No tuve tiempo de preguntarme ‘¿por qué a mí?’. Venía de muchas pérdidas y solo seguía adelante”, cuenta.
La escuela no fue fácil en Buenos Aires, pero encontraron grupos humanos solidarios que adaptaron juegos y acompañaron. En 2010, enviudó y decidió volver a San Francisco con sus dos hijos, Fran y Catalina, ella hoy de 19 años, estudiante de ingeniería y defensora de los derechos de las personas con discapacidad.
“Elegí una ciudad chica para que Fran lograra autonomía”, explica. Fran no quería “ser cordobés” al principio, pero el tiempo le dio la razón. Cursó la primaria en Buenos Aires y el secundario en la IPEM 315, donde participó en centro de estudiantes, taller de música y hasta una revista escolar. Fue segunda escolta de la bandera nacional con adecuaciones curriculares.
Hoy, a los 25 años, Fran tiene una vida activa y autónoma, se baña solo, prepara su desayuno y merienda, se maneja en transporte público y va en bicicleta en trayectos seguros.
Trabaja desde hace 8 años en la Municipalidad, asiste a taller de bombo y folclore, y ha bailado en eventos locales como La Buena Mesa. “Escucharlo y apoyarlo en sus ‘delirios’ de bailarín fue lo mejor”, dice Silvia con orgullo. No cocina aún, pero lo logrará; necesita apoyo en lo sensorial y en rutinas, donde es muy literal, no capta ironías ni doble sentido, lo que a veces genera situaciones divertidas o complicadas.
La pandemia fue un golpe duro, cuando Fran extrañaba sus rutinas de conservatorio, danzas folclóricas y batería. La cuarentena rompió sus horarios, generó ansiedad y problemas de sueño; la familia implementó agendas virtuales con su psicóloga para recuperar estructura.
Silvia destaca que Fran tiene autonomía, pero aún requiere acompañamiento para independencia plena. “Es un adulto con privacidad, pero siempre estoy ahí sin invadirlo«. Y celebra el rol de Catalina: “No fuiste buscada, pero fuiste muy deseada. Hoy es una bendición”.
La historia de Fran y Silvia no solo es de superación personal, sino un ejemplo de inclusión en San Francisco. Fran es conocido como “el chico del Asperger” y su mamá resalta el valor del apoyo comunitario, las escuelas y los talleres. A nivel nacional, organizaciones como la Asociación Asperger Argentina ofrecen contención y recursos para familias.
Silvia cierra con un mensaje claro: el amor incondicional y la constancia abren caminos. “Yo sabía que podía con lo que fuera”.
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